Palabras en la inauguración del Seminario Martiano del ISA, por el 160º aniversario del natalicio de José Martí.

Palabras en la inauguración del Seminario Martiano del Instituto Superior de Arte, por el 160º aniversario del natalicio de José Martí.

Martianos:

Tengo nuevamente el privilegio de hablarle a estudiantes y profesores del ISA aquí presentes para a rendir homenaje al Apóstol, por conmemorarse el aniversario 160 de su natalicio. En esta ocasión, en el 2º Seminario Martiano auspiciado por el Departamento de Estudios Cubanos, presididos por el entusiasmo amante de la profesora Ibis Arranz, quien ha sido el alma de la resurrección de estos eventos. En fecha tan señalada, se impone hacer algunas consideraciones sobre el legado de Martí, especialmente en lo que concierne a la esencia de nuestra universidad: las artes y la formación de los artistas.

El 21 de junio de 2005, los manuscritos de Martí fueron incluidos en el Registro Memoria del Mundo de la UNESCO, que se creó —cito— “para preservar el patrimonio documental, auténtica memoria del mundo y espejo de la diversidad de lenguas, pueblos y culturas de nuestro planeta, así como para sensibilizar al público a su protección”. Esto, en la esfera de la memoria documental, equivale al Patrimonio Cultural de la Humanidad en los campos de la Arquitectura y las Artes Plásticas. En aquel momento, incluía solo 120 obras y colecciones, entre las que se encontraban:

• La partitura original de la Novena Sinfonía de Beethoven.

• La edición primigenia (1812-1815) de los cuentos de los hermanos Grimm.

• Los manuscritos originales de las composiciones de Brahms.

• El mapamundi de Américo Vespucio, realizado en 1507, donde se anota por vez primera el nombre de América.

• La colección cinematográfica Lumière.

• El acta de instauración del sistema métrico decimal y otros documentos relacionados, y

• La Biblioteca Palafoxiana, creada en 1646 en la ciudad de Puebla, México; primera biblioteca pública de América, que sigue ocupando hoy en día el mismo edificio en que se instaló por vez primera.

José Martí fue el primer latinoamericano que dio un enfoque de sistema a la modernidad, con el que nos marcó las coordenadas para entrar en ella. La modernidad para Martí no posee la estrecha definición de “forma de hacer arte”. Es más que eso: es toda una cosmovisión que constituye la base de un proyecto emancipador destinado a continuar la obra monumental iniciada en 1810; un proyecto que tiene “fe en el mejoramiento humano, en la vida futura y en la utilidad de la virtud” , y echa su suerte “con los pobres de la tierra” ; que respeta, estimula y educa la individualidad en una dialéctica entre los intereses individuales y la convocatoria social, y aspira a la formación de nuevo tipo de hombre, de pensamiento y acción modernos. Solo así los hombres y las mujeres seríamos capaces de enfrentar con actitud creadora, con originalidad, los nuevos retos que el presente y el futuro le deparen.

Martí, desde 1884, nos está diciendo que “ser culto es el único modo de ser libre”. La tan difundida expresión aparece precedida de otra: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso”, y luego de escritas ambas, reflexiona: “Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno” . —“cuando la gente no es buena, la pobreza los pone de mal humor”, anota en La Edad de Oro —. En esa expresión Martí postula un algoritmo axiológico: primero, la bondad como condición de la dicha; luego la cultura como condición de la libertad; pero como condición primigenia para la bondad señala la prosperidad. Y permítanme otra observación: las oraciones están escritas en singular, o sea, se refieren a la individualidad.

Un pueblo de hombres y mujeres cultos, es necesariamente creativo; si no lo es, nunca será libre. Ser culto significa operar de manera creadora con la cultura acumulada: significa que cada individuo esté preparado para aportar soluciones originales y creativas a los problemas de su tiempo en los que le corresponda involucrarse, pensando y actuando por sí propio. Significa crear cultura, pero cultura socialmente comprometida. En 1888 anotó: “La cultura, por lo que el talento brilla, tampoco es nuestra por entero, ni podemos disponer de ella para nuestro bien, sino es principalmente de nuestra patria que nos la dio, y de la humanidad, a quien heredamos” .

¿Qué es entonces para Martí ser un hombre moderno?

En 1891, en su célebre discurso Con todos, y para el bien de todos define los rasgos del individuo llamado a vivir en la república que debía fundarse una vez alcanzada la independencia: “el carácter entero de cada uno de sus hijos, el hábito de trabajar con sus manos y pensar por sí propio, el ejercicio íntegro de sí y el respeto, como de honor de familia, al ejercicio íntegro de los demás; la pasión, en fin, por el decoro del hombre”.

Para el logro de su propósito, había que revolucionarlo todo: la política, la educación, la cultura, las relaciones internacionales, y hasta las relaciones familiares e interpersonales; pero sobre todo, había que revolucionar la mente de los hombres. Los martianos debemos ser celosos de que no anide en nuestros espacios una “modernidad de utilería”, carente de decoro, muy del gusto de mentalidades vulgares que “van de más a menos” —parafraseando al Apóstol—, que enrarece y llega a destruir las relaciones de respeto, tanto interpersonales como laborales y hasta familiares, trocándolas por agresividad o chabacanería.

En este urgente empeño concedió un lugar especial a la creación artística. El artista es, para él, un comprometido mentor de la transformación, que debe promover la formación simultánea de sentimientos éticos y estéticos a través de su obra. En 1894 ratificará, en una importante crónica en Patria dedicada al pintor cubano José Joaquín Tejada su idea del compromiso social del artista:

“El mundo es patético, y el artista mejor no es quien lo cuelga y recama, de modo que se le vea el raso y el oro, y pinta amable el pecado oneroso, y mueve a fe inmoral en el lujo y la dicha, sino quien usa el don de componer, con la palabra o los colores, de modo que se vea la pena del mundo, y quede el hombre movido a su remedio”.

En Venezuela, hace 132 años, vio con dolor cómo había artistas que —cito— “se ponen a los pies de los amos, que odian a los talentos viriles y gozan destruyendo los caracteres, venciendo a la virtud, refrenando a la inteligencia”, y su único propósito es “casarse, poner una casa lujosa, vestir bien a los hijos, vivir al uso de las gentes ricas, gastar, en resumen, mucho dinero” .

En su crónica sobre el pintor ruso Vereshaguin anota:

“¿Ni de qué vive el artista sino de los sentimientos de la patria? ¡Empléese, por lo mismo que invade y conmueve, en la conquista del derecho! (…) ¡el medio único: la osadía única, la protesta única, la defensa única e indirecta, la plegaria, sin alas y sin voz (…) es la pintura, fea si puede: fétida si puede, de las miserias que contempla, de la verdad desgarradora!”

Está convencido del doble papel —ético y estético— del artista: despertar y educar. “¿Qué es el arte —escribe—, sino el modo más corto de llegar al triunfo de la verdad, y de ponerla a la vez, de manera que perdure y centellee en las mentes y en los corazones? Los que desdeñan el arte son hombres de estado a medias” . Alerta desde entonces sobre el deber de los gobernantes de darle a las artes la dimensión social que les corresponden, como educadoras de la sensibilidad y el pensamiento de las personas, como factor de mejoramiento humano. El arte no es el encargado de dar soluciones a los problemas políticos, sociales o de otra índole que nos afectan, sino de movilizar su sensibilidad para que seamos nosotros quienes las busquemos y las encontremos por nosotros mismos. “¡Oh, divino arte! El arte, como la sal a los alimentos, preserva a las naciones”, dijo en 1880 . Pero, ¡cuidado!, en 1894 advertía: “El exceso de arte es antiartístico. Las grandes cualidades perecen por su exceso, por no reducirse a conveniente proporción” .

También de su breve etapa venezolana es esta idea: “Es fuerza convidar a las letras a que vengan a andar la vía patriótica, del brazo de la historia, con lo que las dos son mejor vistas, por lo bien que hermanan, y del brazo del estudio, que es padre prolífico, y esposo sincero, y amante dadivoso” . Esto no quiere decir que con la exaltación patriótica o la vehemencia del texto, por su inserción en la resistencia desde la misma barricada, —como predicaba el llamado “realismo socialista”— hayamos resuelto el problema. (Continúo citando a Martí) “Y pasa allí como con el vino que se mezcla con vinagre, —que todo se vuelve vinagre” Recordemos lo que escribió en su célebre ensayo sobre José María Heredia en 1889: “…a la poesía, que es arte, no vale disculparla con que es patriótica o filosófica, sino que ha de resistir como el bronce y vibrar como la porcelana” …

De forma especial estimula, contra las corrientes europeizantes, el trabajo creador de los estudiantes de arte: él también es un joven creador, de 22 años:

“Imagínese y créese; que en todas épocas existe lo fantástico; pero no se ate la imaginación a épocas muertas, ni se obligue al pincel a mojarse en los colores del siglo XI y del XIV (…) No vuelvan los pintores vigorosos los ojos a escuelas que fueron grandes porque reflejaron una época original: puesto que pasó la época, la grandeza de aquellas escuelas es ya más relativa e histórica que presente y absoluta”.

Siempre demostró confianza en los artistas jóvenes. En su ensayo sobre Julián del Casal, publicado en Patria, anota: “Y es que en América está ya en flor la gente nueva, que pide peso a la prosa y condición al verso, y quiere trabajo y realidad en la política y en la literatura”. Nos habla el Apóstol sobre el desarrollo del espíritu creador del joven artista desde los inicios mismos de su formación: “Y el arte nace de eso: de la impresión directa. El estudio es el carril; pero el carácter, la individualidad (…) es la máquina. Y se ve que la libertad de la invención y el placer de crear por sí, estimulan (…) el ingenio propio y la fuerza del carácter”. A esta reflexión podríamos acotarle la siguiente idea: ‟Cuando se es joven, se crea. Cuando se es inteligente, se produce. No se adapta, se innova: la medianía copia; la originalidad se atreve. Si cae, todo ha caído”…

En 1886, al visitar en Nueva York la exposición de los pintores impresionistas, Martí escribió:

“La elegancia no basta a los espíritus viriles. Cada hombre trae en sí el deber de añadir, de domar, de revelar. Son culpables las vidas empleadas en la repetición cómoda de las verdades descubiertas. Los artistas jóvenes hallan en el mundo una pintura de seda, y con su soberbia grandiosa de estudiantes, quieren un artesano de tierra y sol”

Recordemos que, en su sentido más estrecho, la palabra arte se aplicaba entonces solamente a la plástica, aunque son muy abundantes sus ideas sobre la literatura, en particular sobre la poesía —y son paradigmas de la modernidad—. Martí reconoce, también siendo muy joven, el papel del teatro en su proyecto emancipador:

Los pueblos que habitan nuestro continente han menester en el teatro —no de copias serviles de naturalezas agotadas— [sino] de brotación original de tipos nuevos. (…) La independencia del teatro es un paso más en el camino de la independencia de la nación. (…) El teatro es copia y consecuencia del pueblo. Un pueblo que quiere ser nuevo, necesita producir un teatro original”.

Martí es un convencido defensor del arte dinámico, renovador de la forma y la esencia. Dice que la “monotonía es fiera, porque lo extingue todo, como que hasta extingue las santidades y costumbres del amor”, y añade que “no hay belleza en la rigidez; la vida es móvil, desenvuelta, abandonada, muelle, activa…” de ahí que señale: “¿Somos lo que debiéramos ser? La manera de mejorar por el teatro es presentar en una forma amena, no el ser de hoy, sino el deber ser que nos mejorará” .

La consolidación de la independencia es imposible sin el robustecimiento de la cultura como elemento interactuante con el mejoramiento humano. En el Manifiesto de Montecristi señalaba que la guerra de independencia iniciada en Cuba el 24 de febrero de 1895 perseguía también el propósito de confirmar “la república moral en América ”, lo cual, además de reafirmar que su proyecto emancipador rebasa nuestra insularidad y adquiere una trascendencia continental, insiste en que se trata de una república moral, cuya base es el decoro del hombre, pero no el decoro visto como atributo individual de la personalidad, sino un decoro colectivo, un sentido de pertenencia, de orgullo nacional y continental: un concepto moderno de decoro. También en ese documento nos da las pautas para comprender y engrandecer las relaciones entre la revolución política, el decoro, el sacrificio y la cultura, cuando nos dice:

“Ordenar la revolución del decoro, el sacrificio y la cultura, de modo que no quede el decoro de un solo hombre lastimado, ni el sacrificio parezca inútil a un solo cubano, ni la revolución inferior a la cultura del país, no a la extranjeriza y desautorizada cultura que se enajena el respeto de los hombres viriles por la ineficacia de sus resultados y el contraste lastimoso entre la poquedad real y la arrogancia de sus estériles poseedores, sino al profundo conocimiento de la labor del hombre en el rescate y sostén de su dignidad”

José Martí alertó sobre los peligros del “boom” tecnológico del XIX como instrumento de dominación, y abogó por el fortalecimiento de la identidad cultural latinoamericana como alternativa de resistencia ante la deculturación y la penetración económica. Comprendió tempranamente que el hombre nuevo americano tenía que ser un sujeto capaz de construir alternativas de desarrollo independiente ante las nuevas circunstancias históricas que imponía la avalancha imperialista norteamericana. El proyecto quedó diseñado —pero inconcluso—, por la muerte de su autor y por el giro que dieron los acontecimientos en el siglo XX. Fue nuestro Apóstol pionero en elaborar un proyecto cultural emancipador continental con un basamento antimperialista.

Tenemos que formar un ciudadano artista socialmente comprometido, que se inserte creadoramente en el proceso de fortalecimiento de la identidad, en la construcción de una cultura de resistencia alternativa al proyecto globalizador de los centros hegemónicos de la riqueza y el poder. Esa es la misión educativa del ISA, en particular de los departamentos dedicados a la formación cultural general (el nuestro, Estudios Cubanos, cumple hoy 20 años de fundado). La cultura y las artes, por ser a la vez depositarias y hacedoras de la identidad, tienen la misión de buscarla, renovarla y engrandecerla constantemente.

Si la UNESCO ha dado máxima prioridad a la conservación y difusión del pensamiento y la obra de José Martí como fuente nutricia para la búsqueda de soluciones creativas y originales a los problemas que hoy aquejan a la humanidad, sería redundante que yo repitiera con mis palabras, cuál es la vigencia de José Martí en este siglo XXI, tan desastrosamente iniciado. Cada vez somos más los que, como diría Martí, sabemos amar; cada vez somos más los hombres y mujeres que desde diversas culturas, religiones, ideas políticas, idiomas o razas traemos —como él—, la estrella, y la paloma en el corazón. Martí, que esencialmente fue un revolucionario, desarrolló una fecunda labor en aras de la emancipación total. El arte, en su vida, se entremezcla con su pensamiento y su quehacer político y social. Esta unidad de la ética y la estética es el legado que nos deja —en función de lo cual puso toda su vida, y hasta su heroica muerte— y así lo expresó artísticamente, en la última estrofa de sus Versos Sencillos:

¡Verso, nos hablan de un Dios

Adonde van los difuntos:

Verso, o nos condenan juntos,

O nos salvamos los dos! .

Muchas gracias.

Dr. C. Roberto Hernández Biosca.

La Habana, 28 de enero de 2013

“AÑO 55 DE LA REVOLUCIÓN”

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