Sangre joven

PEDRO DE LA HOZ
pedro.hg@granma.cip.cu


Solemos admirar las cumbres, pero a veces obviamos los pasos de la ascensión. Olvidamos que la consagración, salvo contadísimas excepciones, se consigue a base de estudio, dedicación y un largo proceso formativo y de confrontación con el público. De ahí que salude la consistencia con que el ISA y el Lyceum Mozartiano de La Habana promueven el encuentro de jóvenes talentos con el público en el Oratorio San Felipe Neri, de La Habana Vieja.

En el caso que nos ocupa, el piano estuvo en el centro. Laureados en el último concurso Musicalia, de la Universidad de las Artes, merecieron la alternativa. Claudia Lastra y Danae Álvarez mostraron en la interpretación de obras de Ravel, Cervantes, Aldo López Gavilán y Ernán López Nussa mucho más que la aprehensión de recursos técnico-expresivos; se advirtió en ellas un compromiso con la naturaleza íntima de las partituras.

Detrás de estos tempranos logros se halla la tenacidad y lucidez de un ejercicio pedagógico. Profesores como Ulises Hernández y Mercedes Estévez honran la cátedra de la escuela pianística cubana y no dejan caer el peso de una tradición.

No sé de qué manera, aunque sí sé por qué, al escuchar a estas jóvenes me vino a la memoria el ejemplo de Teresita Junco. Porque de algún modo, ella también se hizo presente en la atmósfera del Oratorio.

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PerCuba Ensemble en el cierre de la Feria Arte en la Rampa

Proyecto perteneciente al catálogo del Centro Nacional de Música de Concierto y lo integran, casi en su totalidad, profesores de percusión de ISA.

Fecha: Viernes 2 de Septiembre
Hora: 6:00 pm
Lugar: Escenario principal de la Feria Arte en la Rampa

Un diablo a la cubana

Ada Oramas

Una entusiasta acogida del público ha merecido Que el diablo te acompañe, una tragicomedia que alude, en cierto sentido a Don Juan Tenorio, de Zorrilla, escrita por uno de los maestros de la dramaturgia del teatro cubano, Abelardo Estorino. La obra se presenta este mes, de martes a jueves, a las 6:00 p.m., en la sala Adolfo Llauradó.

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Elena Palacios: “fui una televidente voraz… pero buscando historias”

Tomado del Portal de la Televisión Cubana
por Paquita Armas Fonseca

Nadie osaría pensar que Elena Palacios no soporta cámaras y micrófonos delante de ella, cuando es capaz de adentrarse estando detrás del lente en historias eróticas que han despertado algarabía en el público cubano.

 Saltó de una carrera universitaria a otra hasta que entró a la Facultad de Medios Audiovisuales del Instituto Superior de Arte (ISA), y allí encontró un camino que ha seguido hasta hoy.

¿Desde cuándo te gustó la televisión?

Que la televisión me sedujera desde niña no es solo una frase bonita y oportuna para empezar una conversación de este tipo. Pertenezco a una generación que creció entreteniéndose junto con sus padres frente a la pantalla de un televisor ruso, imaginándole los colores que, como suponía acertadamente, me escamoteaban el blanco y negro inevitable, en una época en la que las videocaseteras beta eran el privilegio de un vecino en minoría, un privilegio que sentía lejano, muy lejano. La televisión lo era todo: las tardes para nosotros, los niños de la casa; las noches para el sosiego hogareño de mis padres. Veía aventuras, husmeaba en aquellas novelas del espacio Horizontes, me asomaba a las novelas de época, pataleaba para que me dejasen ver alguna que otra película extranjera no apta para mis años, pero de la que había captado un pedacito perturbador al moverme del baño hasta el usual “hasta mañana, un beso” antes de dormir. Puedo afirmar que me enamoré de las ficciones, del arte de contar con imágenes, viendo televisión. Recuerdo mi terror a los gorriones inofensivos que se posaban en los postes mientras caminaba hacia mi escuela primaria, después que la noche anterior me las había ingeniado para que me dejasen ver hasta el final Los pájaros, de Hitchcock.

Aunque debo confesar que, paradójicamente, nunca me interesó de la televisión otra cosa que no fuese lo que construía una ficción. Nada de programas de otra índole. Yo fui una televidente voraz, desde siempre, pero buscando historias, series, novelas, películas… Y de eso no he podido librarme en la adultez.

¿Cómo llegas a ese medio?

En 1999, después de cinco años, me gradué en la Facultad de Medios Audiovisuales del ISA, en la especialidad de dirección de radio, cine y televisión. Hasta entonces había estado saltando de carrera en carrera (había empezado años atrás por Medicina, con la idea bastante romántica e inmadura de llegar a ser psiquiatra y apoyar con esa especialidad un supuesto camino de novelista para el que me creía destinada), sin concluir nada, absorbiendo de esto y de lo otro, pero sin dejarme atrapar más allá del primer o segundo año, hasta que un día escuché de la “Facultad de cine del ISA” e hice las pruebas de ingreso, en uno de los períodos más difíciles de mi vida, recuerdo, porque acababa de perder a mi pareja. Tiempo después escribiría Puertas, un telefilme que dirigiera Magda González, donde reconstruyo algunas experiencias relacionadas con ese dolor. Recuerdo que desde la entrevista para el ingreso estaba segura de que no iba a hacer radio, nunca. Caridad Martínez, que estaba en el jurado, me preguntó si me interesaba la radio, y yo le respondí con un no rotundo, honestamente. A lo mejor me suspenden, pensé, pero no quería mentir. Entré en el primer intento. Y terminé. Siempre me fascinaron las imágenes, el cine, o en todo caso la literatura. Yo había ganado un premio de la Asociación Hermanos Saíz (AHZ) en el 92, con un cuento que está antologado en Los últimos serán los primeros (aquella presentación de los “novísimos” que hiciera el difunto Salvador Redonet) y en El cuerpo inmortal, que recopilara Garrandés, y sentía que lo mío era contar, narrar de alguna manera, y para eso lo único que me resultaba digno de dejar a un lado la literatura era el cine o, en su pragmático defecto, la televisión. De modo que al graduarme, me acerqué a la División de Programas Dramatizados, para conseguir trabajo de asistente de dirección o de lo que fuera. Eran otros tiempos y, lamentablemente, todavía no se habían creado esos acuerdos MINCULT-FAMCA-ICRT que abren y facilitan los caminos profesionales a los recién egresados. Hice dos o tres trabajos de asistencia de dirección (fui una pésima asistente), colaboré con Maité Vera en Violetas de agua, aportando ideas y escaletas para algunos capítulos, y finalmente me contrataron como asesora… de programas humorísticos. En 2002 el Jefe de Redacción de entonces me encomendó la tarea de hacer un programa sobre la memoria del humor en Cuba. Fue un proyecto apresurado, que trató erróneamente de cubrir el hueco que dejaba Pateando la lata, que era un programa de humor simple y ligero, sin que esto tenga ninguna intención peyorativa. La cosa pasó sin penas ni glorias, pero con Así reímos rompí el hielo y al año estaba haciendo mi ópera prima en ficción, El experimento del profesor Muguercia, una versión cubanizada de un cuento de Woody Allen, que es uno de esos autores que tengo canonizados en mi universo personal.

De asesora a escritora y de ahí a directora, ¿en cuál función te sientes más cómoda?

Primero que todo soy una directora, siento una verdadera pasión por lo que hago, me gusta escribir porque soy una fantaseadora coherente desde que tengo uso de razón y me encanta armar historias. No creo que pueda separar a la guionista de la directora, porque escribo para mí, disfrutándolo, cociendo temas que me interesan, armando personajes con los que quiero decir algo. Aunque tengo que confesar que cuando estoy preparando uno de mis guiones tengo la cualidad de distanciarme tanto de aquella función primaria, de mirarlo con nuevos ojos, que siempre termino haciendo cambios y reinterpretándolo como si yo no lo hubiera escrito. Esta posibilidad de relectura, de visión crítica de la primera etapa, de lo que es el guion, me garantiza flexibilidad y pasar a escalones superiores del acto creativo: no me gustan las camisas de fuerza ni aunque las haya creado yo misma. Y soy asesora por la coyuntura, porque fue necesario en una época, y porque, pese a todo el tiempo que este trabajo me consume y a la energía que puede robarle a mi otro trabajo, más creativo y personal, es una experiencia de análisis, de entrenamiento en el trabajo con el guion, que te mantiene las neuronas entrenadas. Es casi pedagógico.

Has escrito para otros directores, por ejemplo, Los aretes que le faltan a la luna, ¿te gusta esa suerte de creación compartida? Cuando entregas un guion ¿sigues todo el proceso de realización?

Cuando empecé a escribir para la televisión, todavía no dirigía. Como es natural, como todo guionista, mi sueño inicial fue que mis historias fueran a parar a buenas manos, que el esqueleto que armaba encontrara carne y piel idóneas en las manos del otro autor: el director. Son dos maneras diferentes de autoría y de creación. Algunos guionistas creen, equivocadamente, que los directores están obligados a seguir sus pautas al pie de la letra. Eliseo Altunaga dijo una vez: el guion es la oruga, la mariposa es la película. Uno no escribe la mariposa. Eso lo entendí desde el principio. Siempre que le he entregado un guion a un director para que lo lleve a cabo, trato de desentenderme saludablemente del proceso que sigue. Confié en algunos, y también tuve mis insatisfacciones, por supuesto; pero, repito, el director es también una mirada de autor que asimila y reedifica lo propuesto en el guion. También lo asumo así en las contadas ocasiones en que he realizado guiones de otra persona.

En el caso de Los aretes…, reconozco que ha sido una de las experiencias más felices y logradas en cuanto a este tipo de comunión de dos autorías, la del guionista y la del director. La estética de Charlie Medina es justamente lo que yo imaginaba mientras transformaba el cuento de Ángel Santiesteban en un guion para televisión. Recuerdo que después de leer y releer el cuento original (por cierto, hubo un intento anterior de versionarlo y no funcionó), le dije al director: ¿Por qué seguir machacando sobre el período especial, los valores prostituidos, los apagones…? Hace una década de eso y resultaría interesante ver qué sobrevivió de esos personajes, cómo quedaron, qué “manchas” llevan dentro, aunque ya hayan superado aquellos años de desesperada prostitución. Costos morales, que se esconden casi siempre, que tratamos de olvidar. Y sobre la base de esa premisa se trabajó el guion, y luego Charlie la potenció en la puesta. Es una de mis obras preferidas, de las realizadas por otro director.

Hace un tiempo afirmaste “en mi ‘hoy’, en mi quehacer y mi existir en la televisión ahora, se está asistiendo a un momento especial, en mi criterio, donde mujer y televisión es el ámbito creativo de lo femenino y también el espacio para una consciente presencia del género”. ¿Ha sido este cambio de mirada un proceso lógico del desarrollo de las ideas? ¿Cuánto es consciente “esa mirada de género” incluso en quienes la poseen?

Respecto a la mirada sobre la presencia de género en la televisión creo que hay de todo un poco, de la lógica evolución de las ideas, de las posibilidades concretas que ofrecen estos tiempos, de la Facultad de Medios Audiovisuales del ISA, que prepara mujeres en todas las especialidades, y que tienen las puertas abiertas en la TV gracias a esa política de colaboración que propuso el Ministerio de Cultura (defendámosla como Tierra Santa, por favor). He dicho otras veces que la televisión nunca fue un coto tan cerrado a las mujeres como el cine, aunque algunas especialidades fueron hasta hace pocos años unánimemente masculinas: la dirección de fotografía, el sonido… Sin embargo, había realizadoras, grandes nombres… Mujeres que llegaron, se establecieron y hacían lo suyo. No creo que esa generación haya tenido una conciencia de género, hasta donde sé. Tampoco se los reprocho. Es frecuente escucharles decir lo difícil que les fue ganarse el respeto como profesionales, cómo fueron presionadas por la mirada escrutadora del patriarcado interno, que las conminaba a hacerlo todo bien, a no fallar….

Hoy día las cosas son diferentes, la balanza se inclina un poco  a nuestro favor, a pesar de la reticencia de algunos. Somos muchas las realizadoras, ya contamos con dos directoras de fotografías (una de ellas, Yanay Arauz, es la primera mujer que ha encarado la dirección de fotografía en una serie, en estudio, y aún no cuenta 30 años de edad), y contamos con alguna que otra sonidista, editoras… Pero no podemos pensar que hemos ganado la batalla del todo. Los recelos, las reticencias de algunos departamentos, aún se hacen sentir. Obstáculos velados, criterios sarcásticos o malintencionados, reinterpretaciones enfermizas y prejuiciosas de las leyes y políticas internas… Esas suelen ser las armas más frecuentes del atávico machismo que aún sobreviven. Es necesario desenmascarar estas actitudes, hacerles frente.

La conciencia de género es importante, entonces. Es verdad que no todas la tenemos, y tampoco es obligación, ni todas debemos ser abanderadas incansables en cuanto al tema; pero creo firmemente en la necesidad de conseguirla, de despertarla, de entrenarla. Siempre trato de facilitarle el camino a las jóvenes especialistas mujeres que llegan, las involucro en mis proyectos, las recomiendo a otros cuando son talentosas. Es importante crecer en número porque las cantidades son importantes cuando se trata de conseguir presencia “afirmativa”.

Ser mujer no te garantiza por derecho una mirada de género. He escuchado la frase: soy mujer y por supuesto tengo una mirada femenina. Pero lo femenino tiene múltiples rostros, igual que las masculinidades, y una mirada “femenina” puede ser la del ojo tradicional, machista, patriarcal. Tener conciencia de género es otra cosa, y va más allá de mi condición de sexo y del rol que se me ha asignado a partir de él: es aprovechar la tribuna, el espacio de la creación audiovisual para subvertir, para proponer otras miradas, aún en las historias aparentemente más sencillas. Lo personal es política, solían decir algunas feministas. Como realizadora, en estos momentos, me resulta imposible divorciarme de esta mirada de “sospecha”, de análisis, de mirada “otra” sobre los temas que escojo para llevar a la pantalla. No creo que filme o grabe de una manera diferente por el hecho de tener una conciencia de género más o menos despierta y alerta: más bien creo que echo mano de todas estas posibilidades de puntuación, de sintaxis visual, para imponer mi mirada, mi punto de vista, para defender mi historia. Últimamente son casi siempre historias relacionadas con la mujer (me encantan los personajes femeninos algo transgresores porque la mujer “correcta” suele ser muy aburrida) y una vuelta de tuerca a la hora de enfocar sus conflictos.

Si hablamos de erotismo, por ejemplo, y sé que después de Del lado del velo se suele relacionar mi nombre con ciertas audacias en ese sentido, creo que esto no es más que el resultado natural de mi evolución como directora, porque, y ahora hablo desde mi inevitable perspectiva de género, solo he hecho lo que casi todas las mujeres creadoras han hecho en términos audiovisuales o plásticos: volver la mirada a mi propio cuerpo, y, por ende, a una exploración de la sexualidad y el erotismo de las mujeres, tratando de enfocarlo desde nuestras verdades y no desde la clásica, habitual y atávica mirada masculina, que hasta hace apenas un par de décadas era prácticamente hegemónica en el audiovisual. De eso se trató Del lado del velo, una historia donde, partiendo de la semilla inspiradora de una novela corta de Milan Kundera, revierto el enfoque, colocándolo sobre el personaje femenino, y armo una historia donde trato de acercarme a temas como autoerotismo, insatisfacciones, infidelidad y fantasías desde la mirada interior de la mujer.

En una entrevista con Danae Diéguez afirmaste: “La televisión que tenemos puede ser inteligente, provocativa, seductora, profunda, si lo hacemos bien, si dejamos un espacio para los productos de mayor riesgo estético y temático y abrimos una puerta de diálogo con los realizadores, y les garantizamos una política de programación lúcida, sin términos cenagosos que algún funcionario pueda aprovechar para mover a gusto sus propias limitaciones”. ¿Dónde crees que se falla?

Cuando le respondí esto a Danae Diéguez tenía todavía una actitud optimista. En estos momentos, avizoro guerras más desgastantes y perjudiciales para los resultados artísticos que se podrían conseguir en la televisión. Si ciertamente la televisión no es arte, sino megaprogramación e industria, no es menos cierto que su engranaje de transmisiones puede dar cabida a muchos productos de índole artística. ¿Qué está fallando? Muchas cosas: decisiones no adecuadas, la no familiarización de algunos ejecutivos con los lenguajes audiovisuales contemporáneos, el interés por batallar en pro de resultados artísticos, la defensa de los espacios de autor… Son cosas que estamos echando de menos. La justificación para los retrocesos estéticos, para el retorno a lo formal simplón son, por lo general, los problemas de dinero. Insisto en que el diálogo es lo más importante, la posibilidad de discutir, analizar, defender sin temores. ¡Convencer! ¿Por qué no? Diálogos a nivel vertical, eficaces, honestos, no demorados, entre los creadores y quienes deciden a todos los niveles. No siempre vamos a estar de acuerdo, pero creo que la televisión puede librarse del estigma de “medio plebeyo” si potencia sus zonas de más posibilidades artísticas, si convoca especialistas de prestigio, si le garantiza espacio creativo a la inteligencia, a la vanguardia y al riesgo.

Has hecho mucha televisión. ¿No te seduce el cine? ¿Por qué?

El cine es el gran sueño. Siempre digo que le agradeceré eternamente a la televisión estos años de entrenamiento en el arte de contar, de adquisición de mañas, experiencias, caminos. En la televisión voy buscándome, probándome, explorando… Pero si te digo que el cine no está ahí, en una cima de posibilidades y ambiciones, te miento. Fui una cinéfila precoz, devoradora de ficciones. Aún lo soy. Sé que es un camino difícil, pero confío en mis energías.

¿Cuándo estrenas tu próximo teleplay? ¿Nos adelantas algo de la historia? ¿Estás satisfecha con esa pieza?

Acabo de terminar una versión muy libre de un cuento de García Márquez que se titula Ojos de perro azul. Como es usual, lo he cubanizado, lo he actualizado, y lo he encerrado en las mil capas de las historias que viven mis personajes. Y estoy muy satisfecha. Junto con Yanay Arauz, mi directora de fotografía, estamos explorando maneras de contar usando todos los elementos que el lenguaje audiovisual ofrece. No es que pretendamos descubrir el agua tibia ni nada que se le parezca, pero en mi opinión, en la televisión cubana, amén de las buenas historias y de las buenas actuaciones, que las hay, hay una tendencia reduccionista y tradicionalista a la hora de traducir en imágenes: no soy de las que cree que el primer plano con toda la emoción del actor al alcance de la retina del espectador sea una forma “audiovisual”, cinematográfica, de contar. Es verdad que esto es televisión, pero la televisión del siglo XXI ha tomado una bocanada de oxígeno del cine, y los telefilmes son un terreno perfecto para eso. En el caso de Ojos de perro azul, hemos tratado de potenciar ese camino que ya venimos explorando desde Del lado del velo. A ver a dónde nos lleva: que cuente, que narre la imagen, la atmósfera que encierra, los elementos que la balancean, además del actor y lo otro, por supuesto. No es nada nuevo, repito, pero sí, estoy muy contenta con la belleza visual de Ojos de perro azul, con la manera en que armé el guion, que tiene un verbo parco.

¿Cuándo veremos una serie o una telenovela tuya?

En cuanto a la telenovela no me gusta decir nunca, pero realmente no lo creo, no me veo ahí. Me gustaría hacer una serie corta, eso sí, de no más de 30 capítulos. Las series me fascinan y son un fenómeno estético en todo el mundo, en estos momentos, junto con las películas para televisión, que es en definitiva la intención, muchas veces malograda, de nuestros unitarios. Las series de televisión se han convertido en un género narrativo de moda, readaptando los lenguajes televisivos y enriqueciéndolos, incorporando talento en guiones, directores y actores. No hay más que ver cómo actores de la talla de Dustin Hoffman, Glen Close, Holly Hunter y Tom Hank se han movido al antes menospreciado medio televisivo para protagonizar series. Nosotros no estamos haciendo aún ese tipo de serie en “estado puro”, pero intentos hay. Porque con las series se pueden barajar géneros dramáticos más suculentos, más provocadores, con las series se puede, rectifico, podríamos, tocar temas de una manera que la telenovela, por su maridaje con el melodrama, por mucho que se quiera comprometer con la realidad, nunca consigue. Es cuestión de gustos: sé que si las condiciones de producción lo permitiesen (la escasez de dinero y de recursos es la sempiterna espada de Damocles de la televisión) me sentiría cómoda haciendo una serie. Mientras tanto, está el telefilme, y en ese terreno puedo ser yo, decir y hacer desde el concepto de autor.