Premio Nacional de Enseñanza Artística 2014.

Palabras de elogio a Roberto Chorens Dotres.

Corría el año 1969 cuando por los salones de la Escuela Nacional de Danza Moderna se escuchaba la faena de un pianista que, con un desempeño

sensible e inteligente, enfrentaba con audacia y buen gusto el complejo reto de acompañar las clases de la entonces novedosa manifestación danzaría. Era Roberto Chorens Dotres: joven, delgado, llamativamente alto y buen mozo, quien no había culminado aún sus estudios en el Conservatorio Amadeo Roldán, hasta que poco después concluía la doble carrera de piano y de órgano, este último bajo la tutela del eminente profesor Manuel Suárez.

Pronto el pianista principiante revelaba sus dotes como maestro cuando asumió las clases de Educación Musical; pero no se limitaba a enseñar música, sino que se empeñaba en desarrollar la sensibilidad artística y humana, también la disciplina, en aquellos niños y adolescentes que se iniciaban en el duro camino del arte. Luego exhibió su capacidad para convocar, coordinar y marcar pautas a través de su actividad como Jefe de

Cátedra de Educación Musical en la propia escuela… Ahí fue cuando lo conocí, hace un poco más de cuarenta años. Inteligente, activo, capaz, y sobre todo, con una clara comprensión de su rol formativo y educativo. Por eso, cuando fue necesario designar un Subdirector docente para aquella escuela, que había que levantar en todos los sentidos, no había mejor candidato que Roberto Chorens.

Comenzaba así otra arista de su enjundiosa vida laboral, la del directivo de la enseñanza artística: a continuación fue Director de la misma escuela de danza de la ENA, luego Director del Centro Nacional de Superación de la Enseñanza Artística (CNSEA), subdirector y Director de la Escuela Nacional de Música, Asesor Nacional de Música de la Dirección de Enseñanza Artística, Decano de la Facultad de Música del ISA, Director del Conservatorio Amadeo Roldán, sin olvidar que, paralelamente, se desempeñaba como profesor, conferencista y concertista organista, especializado en el repertorio de música antigua, incursionando por escenarios y auditorios nacionales y de varios países; y ampliaba su acción educativa cuando escribía guiones y conducía un espacio radial de educación musical lo mismo que el sugerente programa televisivo ¡Bravo!, en el que todavía hoy hace gala de su muy personal entonación y estilo coloquial para transmitir conocimientos y activar la percepción del espectador. Esta inusual capacidad de multiplicarse y, además, de que todo saliera bien, mereció un especial reconocimiento del Ministerio de Cultura. Pero el mérito para nosotros no reside en que dirigiera mucho o en muchas partes a la vez, sino que, desde cada posición, buscó la manera de contribuir al fortalecimiento de la enseñanza artística.

Cuando se desempeñó como Director del Centro Nacional de Música de Concierto, lo mismo que cuando se hizo cargo de la Orquesta Filarmónica Nacional, no dejó de pensar en las escuelas, en el modo en que podía vincular el campo musical con el de su enseñanza. Así, fue fundador del Movimiento de Orquestas Sinfónicas Infantiles y Juveniles en Cuba; promovió intercambios y festivales estudiantiles; desarrolló objetivos estratégicos como el de la música de cámara; convocó a los primeros atriles de la Sinfónica a prestigiar y elevar la calidad del claustro del Conservatorio Amadeo Roldán. Por eso, aunque la vida del directivo es por lo general escabrosa y compleja, y hasta podría catalogarse de ingrata, en su caso, esta experiencia llegó a ser una misión reconfortante, porque dominaba el campo de su desempeño; asombrosa, por los imposibles que lograba; creativa, porque nunca se conformaba con lo hecho y recibía con entusiasmo cualquier idea que pudiera aportar al mejoramiento del proceso formativo. Saber que Chorens tenía algo en sus manos, llamaba a la tranquilidad, porque se sabía que estaba en buenas manos.

Y todo esto, sin descuidar sus actividades en la UNEAC, y de su Consejo Nacional, y sin abandonar nunca sus clases en la ENA, o en el ISA, o en Amadeo, o cuando formó parte del colosal programa Universidad para todos, en el que impartió cursos de Apreciación e Historia de la Música, sobre música y músicos cubanos, y sobre la cancionística cubana (Cuba: canciones y emociones), gracias a los cuales tuvimos el privilegio de descubrir o reencontrarnos con sus protagonistas y testigos, así como la posibilidad de escuchar obras y artistas desconocidos u olvidados. Tampoco abandonó su voluntad de aprendizaje constante. Estamos hablando de un hombre culto, no porque sea dos veces universitario, Licenciado en Lengua y Literatura Hispánica por la Universidad de La Habana, y Licenciado en Musicología por el ISA, o Máster en Arte, sino porque sus inquietudes e intereses sobre la comprensión del mundo, unida a su sensibilidad como premisa, lo llevaron a la incansable búsqueda y apropiación de saberes diversos y esencialmente humanos. De ahí, quizás, su probada fortaleza de espíritu para sortear los escollos de la vida.

Centellean en su pecho las distinciones por la Educación Cubana, por la Cultura Nacional, la medalla Alejo Carpentier, el Diploma al Mérito Pedagógico. El de hoy, el Premio Nacional de la Enseñanza Artística, no es otro premio, sino la culminación de toda una vida dedicada a un sueño, a la esperanza que vio en cada niño, adolescente o joven artista que transitó por las aulas donde imprimió su impronta como formador. Recogió hombres, porque sembró escuela. No hay ocasión más honrosa para recibir este Premio que un día dignificado por la historia, hoy 28 de enero.

Gracias Roberto, por ser uno de nosotros.

Dra. Hortensia Peramo Cabrera, 28 de enero de 2015.

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