Charla con Juan Rivero Álvarez, estudiante de la Cátedra de Tres y Laúd del ISA

Texto y foto: Amilkar Feria Flores

¡Que levante la mano quien no conozca a Juanito!… Es difícil. ¿Quién (biiiiiiiip) no va a conocer a Juanito? Él es de esos asteroides que choca con todo el mundo, dejando a cada cual una intensa impresión de afecto gratuito y desinteresado.

Hace unos días andaba con un origami por la cafetería de Plástica, y se lo pedí. Lo miró rápido, en redondo, como quien se despide de algo preciado, y me lo regaló. Como no había café, fuimos a la otra cafetería. Le dejé el regalo para que me lo sostuviera mientras compraba, y una estudiante de la ENA se antojó del mismo origami. Lo volvió a mirar rápido, en redondo, como quien se despide…, en esta ocasión por segunda vez. Por supuesto que él nunca se permitiría semejante ultraje, y a la tarde volvió por el taller para hacerme la misma figura de papel.

Coméntame un poco del Plectro Habana, ¿cómo se inserta en el Musicalia del Festival de las Artes?

“Pues el Plectro Habana es un festival que se celebra cada 2 años, en donde participan los instrumentistas que tocan con púa, aunque también han participado músicos que nada tienen que ver con el Tres o el Laúd. Hasta hace poco era un festival independiente del Musicalia, pero por un problema de presupuesto, y otros que no tengo bien claro, se fusionó, hace algunos años”.

Ven acá Juani, ¿por qué, de entre todos los instrumentos de cuerdas, prefieres el Tres?, ¿tiene algo que ver con tu sonoridad interior?

“Nada, te cuento que yo entro al mundo de la música por pura casualidad, como quien dice. Yo trabajaba de albañil en el conservatorio José White de Camagüey, con 17 años, y siempre había tenido el bichito aquel de la música, Allí me enteré de que se podía entrar a la escuela por convocatoria libre y decidí probar. Unos meses después empecé a recibir clases de las diferentes asignaturas, y conocí a un joven tresero que me dio los primeros empujones y que comenzó a sembrar en mí el gusto por la música cubana y la música culta también. Así es como llegué al instrumento. Recuerdo que la gente me decía que yo estaba loco, que no podría, pues las pruebas eran difíciles, pero acá estoy…. (ríe).

¿Qué otro instrumento te gustaría interpretar?

“Me hubiera gustado aprender guitarra, siempre fue un sueño, o quizás percusión, aunque estoy claro de que no tengo el don”.

Juani, explícame esa pasión tuya por los viajes y la geografía (nacional, de momento).

“Creo que ese es uno de mis hobbies favoritos en esta vida. Un día, hace ya 10 años, nos reunimos un grupo de amigos y decidimos ir de excursión al Turquino, y descubrimos lo emocionante que era. Desde entonces estamos recorriendo el país con la mochila al hombro y una mano en la carretera haciendo señas. Cada año se nos junta un integrante nuevo, y es curioso: lo único que tenemos que hacer es mostrar algunas fotos y compartir las anécdotas, para que se interesen y empiecen a hacer lo mismo”.

Ya sé que eres bastante curioso y polifacético. Muchas veces te he visto con una cámara fotográfica colgada del cuello; otras, con un bonsay entre manos; y, el resto del tiempo, además del tres, con un origami para regalar. ¿Te falta algo por hacer?

“Sí, Amilkar, siempre he estado vinculado a las Artes Plásticas, de una forma u otra. Mi padre es escultor aficionado, y de niño yo siempre estaba en casa de los vecinos del lado, que estudiaban en la Academia de Artes Plásticas de Camagüey, así que estoy muy familiarizado con el medio. Cuando entré en la Universidad, casi a la par, conocí a estudiantes de plástica, que me han dado la oportunidad de ser partícipe de su trabajo, y así es como me relacioné con la fotografía, descubriendo que no solo era apretar el obturador, sino que existe un mundo inmenso y muy complejo detrás de eso.

“Con los bonsay fue pura casualidad. Pasé por mi Facultad y había una exposición de diminutos árboles en saludo a la semana de la cultura japonesa, creo recordar, y me vinculé a un taller que ofrecieron luego. Me resultó muy útil porque aprendí varias cosas sumamente interesantes.

“Lo de los origami fue más o menos parecido, pero ocurrió en el Escambray espirituano, cuando estaba con la brigada artística haciendo trabajo comunitario por la escuela. Allí los descubrí. Luego del regreso conocí a Rodolfo, el profesor que ofrece el taller de origami en la escuela, que me ha enseñado muchísimo. Es un arte que requiere mucha paciencia y concentración, además es muy bueno para el desarrollo de la memoria”.

¿Que piensas hacer cuando te gradúes del ISA?

“Quisiera impartir clases, porque me gusta la docencia. Además, trataré de hacer una maestría lo antes posible e intentaré no perder el vínculo con el ISA”.

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