Palabras de Osvaldo Cano, decano de la Facultad de Arte Teatral de la Universidad de las Artes.

Osvaldo Cano, decano de la Facultad de Arte Teatral de la Universidad de las Artes.La Habana, 22 de febrero de 2013

Elogio a Graciela Fernández Mayo en la entrega del Premio Nacional de la Enseñanza Artística

Buenas noches:

Quiero advertir que agradezco mucho el hecho de haber sido elegido para realizar este elogio en honor a Graciela Fernández Mayo, quien recibe hoy el Premio Nacional de la Enseñanza Artística, en una ceremonia que es –sobre todas las cosas– un acto de justicia. Lo agradezco porque admiro la inteligencia y tenacidad de la homenajeada, su constancia y desprendimiento que, no pocas veces, nos ha servido de acicate a quienes compartimos su oficio y vocación.

Comencé a saber de Graciela, a tener con ella un vínculo, que fue primero más tangencial y luego más directo, temprano en los 80, cuando apenas era un flamante graduado de la entonces Facultad de Artes Escénicas e iniciaba mi actividad profesional como profesor en una escuela del sistema de la enseñanza artística. Ya en ese entonces su nombre era invocado con admiración y respeto por sus colegas y discípulos con quienes yo interactuaba constantemente con la avidez e inexperiencia que suele acompañar a un joven que, para colmo, emprendía un camino inédito, pues la carrera que había elegido se estrenaba y autovaloraba con su promoción. Resulta que Graciela había comenzado a repartir saberes desde 1973 y ya en los 80 fungía como asesora de la Dirección de Enseñanza Artística del Ministerio de Cultura, institución que trazaba los rumbos y las luces para todos aquellos que intentábamos enseñar al tiempo que aprendíamos y completábamos nuestra formación.

No podía imaginar, en ese entonces, que aquella docta y bella mujer fuese, años más tarde, la rectora del Instituto Superior de Arte, sitio en el que coincidiríamos de nuevo. Recuerdo con total nitidez los esfuerzos y logros alcanzados durante su gestión a la cabeza del ISA, en la organización y proyección de nuestra universidad. Pero lo que más recuerdo o, al menos, lo que me viene a la mente con mayor frecuencia, es la sencilla y ejemplar elegancia con la cual Graciela Fernández Mayo retornó a las aulas cuando cesó su gestión como rectora. Ahora que hablo de esto mi memoria me premia con imágenes, como de un cinematógrafo, que me regresan al pasado y puedo ver a Raúl Oliva y a Graciela bien andando por las callejuelas medievales concebidas por Roberto Gotardi y que conforman el entorno de la Facultad de Arte Teatral, bien trazando las pautas del perfil de Diseño Escénico o regalando un consejo dulce y sabio.

La reticente modestia que la acompaña es una de las causas de que algunas zonas de su actividad profesional no sean muy conocidas. Sé que incluso algunos de los presentes ignoran que, aun siendo muy joven, Graciela fue la diseñadora de vestuario de un espectáculo teatral que alcanzó un éxito extraordinario en 1964. Me refiero a Dios te salve comisario, una pieza de Enrique Núñez Rodríguez que tuvo entre sus presupuestos esenciales un interés manifiesto por rescatar varias de las claves de la tradición vernácula, adecuándolas a las nuevas circunstancias que imponía la Revolución. Estrenada en el legendario Teatro Martí, Dios te salve comisario es uno de los hitos del teatro cubano en los cuales ha estado involucrada nuestra homenajeada. Aclaro que es uno de ellos porque no es menor su contribución en otra puesta paradigmática de nuestra tradición escénica. Me refiero al estreno absoluto de El becerro de oro, comedia indispensable de José Joaquín Lorenzo Luaces que, para nuestra suerte, fue “descubierta” en el ocaso de los 60 por Armando Suárez del Villar. Más cerca en el tiempo la recuerdo junto al maestro Raúl Oliva y a un discípulo de ambos, Niels del Rosario, concibiendo el entorno escénico de Tartufo, montaje con el que se inaugura la sala Adolfo Llauradó y que fue la última puesta en escena de Raquel Revuelta. Quiero apuntar que me llamó poderosamente la atención el modo en que los diseñadores lograron solucionar las limitaciones de la sala con el decorado y cómo tres generaciones de creadores se unieron en un empeño loable.

No hay dudas de que Graciela ha podido devolver con creces en las aulas la experiencia acumulada en los escenarios. Junto a la concepción de planes y programas, el aliento a los más jóvenes, las publicaciones con las que ha dotado al diseño de vestuario de un acervo bibliográfico importante, es esta una de sus contribuciones más útiles a la enseñanza artística. No quiero pasar por alto el hecho de que hablamos de una verdadera maestra que ha escanciado sabiduría y paciencia en sitios tan diversos como la Escuela Nacional de Arte, la Escuela de Instructores de Arte del Caney de las Mercedes, la Universidad Autónoma de Chihuahua o las Facultades de Arte Danzario y Arte Teatral del ISA, ha colaborado activamente con la UNESCO y ha sido requerida por otras instituciones culturales o docentes de América Latina, donde se ha desempeñado con verdadero acierto.

Ninguna de estas ocupaciones, ni siquiera el hecho de haber presidido por más de un lustro el Consejo Científico de la Universidad de las Artes o de atesorar galardones como la Distinción por la Educación Cubana y por la Cultura Nacional, han mellado esa modestia de la cual ya he hablado. Por si no bastara, con ejemplar generosidad y desprendimiento ofrece no ya solo su conocimiento profundo y vasta experiencia, sino que abre las puertas de sus búsquedas y hallazgos, de su papelería y reflexiones para que sus discípulos y compañeros puedan crecer intelectualmente y ayudar a que otros también lo hagan. Así es Graciela. Actos de esta índole validan un premio de esta magnitud. Sin embargo, y no por pura fórmula, debo decir que este acto de justicia que resulta la entrega del Premio Nacional de la Enseñanza Artística a Graciela Fernández Mayo está además avalado por una importante porción de vida dedicada al estudio y el ejercicio de la docencia con excelentes resultados.

Muchas gracias, Graciela, por permitirnos compartir contigo esta ración vital, las batallas cotidianas de la Facultad de Arte Teatral y del ISA, los sueños y la reconfortante certeza de ser testigos del despegue y los éxitos de nuestros discípulos, confirmación esta de que tantos esfuerzos tienen un sentido.

Muchas gracias.

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