Bojeo cinematográfico tras el Festival

Por: Mayra Cue Sierra

Fecha: 2013-02-06 Fuente: CUBARTE

En los albores del siglo XX cubano, el cine norteamericano colmó nuestra sociedad sumando a la exhibición de filmes en las pantallas grandes, una intensa estrategia de información y promoción en el resto del sistema mediático o en los escenarios tradicionalmente llamados culturales.

Múltiples procesos acaecidos desde los años treinta cubanos, fueron testigos de una compleja urdimbre de hipervínculos a partir del cine. La crisis económica en nuestro país generó la bancarrota de las Artes Escénicas nacionales y foráneas y el cine comienza a desplazar al teatro, generando una prolongada contienda nacional en defensa de esa milenaria manifestación artística y de sus espacios.

Revistas no especializadas como Carteles y Bohemia se editaban en La Habana y se distribuían regularmente en las más importantes capitales latinoamericanas, priorizaron paulatinamente en sus contenidos las producciones y figuras del “sistema de estrellas” de la industria hollywoodense, ya fuera en artículos redactados por sus corresponsales en Norteamérica o en los anuncios impresos; incluso, importantes jaboneras adjuntaron sueltos para mostrar imágenes de escenas de los filmes a estrenar, y el resto de la Industria Cultural aplicó múltiples acciones de su posicionamiento ideológico-mercantil.

La radiofonía cubana se constituye a corto plazo en el sistema de mayor concentración y pujanza de Las Américas y su diseño de programación replicó al cine en proyectos promocionales; se reprodujeron otros con las bandas sonoras de los más famosos largometrajes y otros escenificaron sus argumentos o las historias de vida de sus intérpretes más renombrados.

Casi en paralelo, cobra auge el cine en los países de habla hispana y Cuba deviene escenario de privilegio tanto para la producción iberoamericana como para la anglosajona. Sin embargo, el impacto comunicativo generado por una creación fílmica sustentada en la comunidad de raíces y sensibilidades preocupa y ocupa al Norte. Es entonces que pequeñas compañías con capital norteamericano-cubano intentan neutralizar el empuje de la cinematografía en español, crean coproducciones en ese idioma destinadas al mercado del Norte y de Iberoamérica. A la par, en flujo inverso, unos pocos de nuestro país dan los pasos para acometer producciones en inglés que aspiran penetren al mercado yanqui.

Aunque en pocas ocasiones se habla de ello, este universo cinematográfico es propulsado por el flujo constante de las “estrellas” del cine iberoamericano contratadas por la radio cubana que, en paralelo, se presentan en el espectáculo capitalino; práctica luego continuada por la televisión. Aunque durante la primera mitad del siglo XX Cuba no consolida su propia industria de cine, su condición de polo radial-televisivo regional —y en gran medida del impreso— contribuye significativamente al auge del cine en la Región.

La operación regular de televisión en Cuba desde 1950, lleva la imagen a la comodidad de hogar y catapulta de manera directa o indirecta a otros productos audiovisuales, marcando otro momento trascendente de la cinematografía en nuestro país.

Así, desde su primera década, nuestra pantalla chica deviene soporte excepcional para difundir los filmes surgidos en los tradicionales estudios de Hollywood, los de Iberoamérica y los del resto de Europa. Sin embargo, la televisión fue mucho más.

Pocos recuerdan que la carencia de video tape le hizo recurrir a disímiles tecnologías y rutinas mediáticas-productivas que la hermanaron a la filmografía. Entre las más destacadas, aparecen la utilización de cámaras de cine para filmar en exteriores los sucesos de la actualidad nacional o escenas de dramatizados; las series o documentales foráneos y propios creados para la televisión (1) y la difusión de numerosos noticiarios norteamericanos que informaron a nuestros públicos del acontecer universal.

Una de las prácticas mas singulares de esa etapa fundacional televisiva fue la utilización del kinescopio —cinta fílmica reversible— para apresar o reproducir programas, que finalmente permitió a muchas de sus plantas comerciales alternar la emisión de programas “en vivo” con aquellos filmados previamente en este sistema. Una de sus modalidades, al ubicar una cámara frente al receptor de televisión, copiaba la difusión en tiempo real y su reproducción íntegra ulterior de los proyectos más importantes de las casas matrices habaneras. La transmisión de esas copias posibilitó su emisión diferida en las filiales ubicadas en provincias distantes a la capital, quienes gestaban el primer ensayo de las cadenas nacionales mucho antes del surgimiento de la red nacional de microondas.

Al paso del tiempo, estas cintas han devenido el único registro del quehacer creativo de la televisión y por ende, una de sus fuentes patrimoniales. Lamentablemente, durante decenios, cientos y cientos de pies de película con programas de diversos géneros se han deteriorado y perdido progresivamente, pues su condición de cinta concebida para copias de trabajo no era tan perdurable. A ello contribuyó la falta de conservación y restauración adecuadas, en un clima tan agresivo como el nuestro. El rescate y preservación del remanente existente podría correr igual suerte si no se aplican estrategias parecidas a las aplicadas por el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

El triunfo revolucionario significó un punto de giro monumental en la reconversión de los contenidos y del discurso audiovisual de las salas de cine cubanas. Se sumó el desplazamiento de la producción norteamericana predominante motivado por la impronta del bloqueo yanqui a Cuba. Ello nos brindó la oportunidad excepcional de presenciar la notable eclosión del cine europeo y asiático, que tanto benefició en proporciones inéditas a la cultura cinematográfica de todos. Así, la nación accedió a un reservorio audiovisual donde latía una multiplicidad de miradas y pretensiones culturales-estéticas superiores, generalmente, al modelo hollywoodense, y se redimensionó, más aún, el acervo de nuestros grandes públicos.

El ICAIC fue la primera institución cultural cubana surgida tras el triunfo de la Revolución, con el objetivo de aglutinar toda la creatividad dispersa y propulsar la creación de múltiples propuestas renovadoras que enaltecen lo nacional. Muy pronto irrumpe con fuerza, aportando una nueva perspectiva en el entorno nacional y latinoamericano.

Años más tarde, el Festival Cinematográfico de Viña del Mar (Chile) realiza un importante aporte a la producción y circulación de la cinematografía creada en los países del subcontinente; proyecto cercenado por el establecimiento de la dictadura de Augusto Pinochet. El Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana, retoma el estandarte y da continuidad a esta utopía original.

Desde hace treinta y cuatro años, nuestro Festival se distingue por proyecciones y peculiaridades consustanciales a nuestro sistema económico-social y proyecto cultural. Mientras la mayoría de sus similares en todo el orbe enfatizan la pasarela comunicativa-mercantil de las grandes “estrellas” y las transnacionales de la industria mundial del entretenimiento, el cónclave habanero reúne a individuos, núcleos o entidades productivas-creativas que resisten la globalización transnacional del sector con una voluntad de intercambio y retroalimentación, en el empeño de gestar filmes desde otras necesidades expresivas y con otros abordajes humanos o sociales.

Sin duda alguna, su rasgo más visible es el acceso masivo de grandes multitudes de espectadores que durante el certamen comparten las obras presentadas a concurso, que ha devenido suceso por más de tres decenios; primero, en múltiples sedes habaneras, y hoy —de manera simultánea—, en numerosas provincias de nuestra geografía. De esa manera el Festival de Cine de La Habana ha consolidado una descomunal práctica cultural que involucra a cubanos de toda la nación, ampliando y enriqueciendo la perspectiva del audiovisual para todo un pueblo. Esta apropiación colectiva lo convierte en una verdadera fiesta popular.

Pero este festival no es estático, crece y se diversifica constantemente. Paso a paso amplió su espectro con muestras de la producción más destacada en países de otros continentes, incluso del cine independiente norteamericano; al universo audiovisual del niño, los documentales y los dibujos animados, mientras premia nuevos guiones y operas primas de nuevos y jóvenes creadores.

En el nuevo siglo, cada vez con mayor energía, las nuevas tecnologías propician la realización de producciones nacidas fuera del ICAIC. Algunas, se hacen adultas en solitario; pero otras nacen de una colaboración conjunta con este instituto. De una u otra forma, este proceso contribuye hoy al incremento de las obras y a la diversificación de nuestra creación cinematográfica.

Como si fuera poco, en los últimos años se han fortalecido las coproducciones entre entidades del sector estatal especializadas en el cine, el video y la televisión cubanas. Como era de esperar, tanto estas como las realizadas íntegramente por otros ámbitos externos al Instituto de cine cubano, se insertan hoy en la competencia tributando a este festival no solo una mayor proporción cuantitativa de cortos, largometrajes, animados y documentales, sino pluralizando sus matices.

Aquí encontramos en la actualidad otro hito trascendente del festival. El hecho de que un festival llamado cinematográfico incluya en su competencia la producción televisiva y del video, amplifica su rango de acción y sus vínculos históricos como medios de comunicación en otro nivel de desarrollo. De esta manera, el evento se convierte en una verdadera festividad del audiovisual nacional que solo excluye —hasta el momento— al video-arte y al video clip digitales.

Como si fuera poco, durante las proyecciones y el concurso, convergen acciones editoriales de las Artes Plásticas, la Música y otras disciplinas artísticas que contribuyen a su realce y hacen del mismo un profuso y variado festín de la cultura.

Los cubanos sentimos y vivimos cada edición del Festival de Cine Latinoamericano de La Habana, confiados en el empeño colectivo de tantos hombres y mujeres que luchan denodadamente por conservarlo hermoso, pujante y revitalizador.

Notas:

(1) Estas escenas se insertaban, musicalizaban y se les hacía puestas de voz, en tiempo real, a otras representadas a la par que se difundían en directo al aire.

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