LOS PAISAJES MENTALES DE JORGE LUÍS BRADSHAW

Texto: *Amilkar Feria Flores / Fotos: Jorge L. Bradshaw

Nunca he tenido la Opportunity (1), aunque si la Curiosity (2), de estar en un planeta distinto del mío. Hace muchos años, repasando con devoción interminable “Cosmos”, libro y serial televisivo de Carl Sagan, no dejaban de reclamar mi atención las hipotéticas reconstrucciones visuales que un experimentado ilustrador hiciera de la atmósfera del planeta Júpiter. Sin más recurso que las especulaciones, y el ineludible referente de la troposfera terrestre, allí se contaban historias sobre huracanes del tamaño de nuestro planeta, y de tornados con trompas de centenares de kilómetros de largo.

Poco después de aquellas alucinantes ventanas para la imaginación, descubrí que mundos similares a los representados en aquel libro también habitaban en mi cabeza. Tal vez fuera un descubrimiento tardío, aunque más bien estaba haciendo consciente algo que siempre estuvo ahí. Cuando me acerqué, escalonadamente, a las obras que Jorge Luís Bradshaw ha venido desarrollando a lo largo de su formación en el Instituto Superior de Arte, mi primer referente intelectual fue aquel fantasmagórico episodio de oscuros nubarrones revolviéndose sobre la cabeza del dios supremo del Olimpo. 

Hace aproximadamente un año, en diversos formatos, Bradshaw comenzó a representar nubes y celajes al mejor estilo academicista. Pero, de a poco, sus cielos comenzaron a ensombrecerse, y aquellos paisajes, como acordamos llamar en algún momento de nuestras conversaciones al género de su pintura, empezaron a parecerse más a sus ideas y cuestionamientos interiores, que a la mera representación de vapores de agua en suspensión. Cuando le pedí que me mostrara su obra en otros soportes, comprendí de una vez que el joven artista no estaba haciendo otra cosa que reunir al rebaño disperso de sus ideas bajo un solo y congruente corpus visual.

Las obras en cuestión, fotos y videos, apelaban al Reflejo como recurso más o menos intencionado de identificación personal. Desde la solución física, en términos ópticos, tanto como en la búsqueda y registro del escurridizo ser interior, el creador comenzó a hacer consciente una antigua relación de cuestionamientos intelectuales, que se remontaban a la escuela de nivel medio de artes plásticas, en su natal Camaguey. De modo más intuitivo que racional, los “paisajes mentales” de Bradshaw comenzaron a llenarse de barnices y ceras con suficiente capacidad reflectiva como para que el espectador (él mismo, en primera instancia) reconozca algo vagamente humano en la capa más externa de la obra. En el trasfondo, como en el amanecer más umbrío de cualquiera de los planetas gigantes del sistema solar, se dejan ver atisbos de una luz difusa, filtrada por un grueso manto de nubes o, a estas alturas de la “investigación”, de inquietantes estados perceptivos.

Al cursar su último nivel de estudio en la Universidad de las Artes, Jorge Luís atina a redescubrirse en ese interminable y laberíntico paisaje que lo conduce, de manera nada cómoda y superficial, a encontrar el cambiante paradigma de su naturaleza menos visible.

(1), (2): Ingenios automáticos de la NASA enviados al planeta Marte.

* El autor es profesor de la Facultad de Artes Visuales del ISA.

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