Bienvenida la resistencia

Es determinante la preparación, la sensibilidad, la claridad de conceptos, la conciencia de quienes determinan la programación de los espacios culturales, porque tendrán que moverse todo el tiempo en una cuerda floja

Por José Luis Estrada Betancourt

Leía la carta enviada por los directivos de ARTex y de la Egrem, y no podía dejar de pensar en todo cuanto se ha escrito y discutido sobre este polémico tema.

Las razones que me llevaron a escribir recientemente los trabajos ¡Creemos espacios de resistencia!, Dueños de la música y ¿A lo cubano? están abordadas en uno inicial que titulé La música que nos preocupa, el cual recogía inquietudes del último Consejo Nacional de la Uneac, tan reales que se convirtió en único asunto de su discusión.

Efectivamente, en ¡Creemos espacios de resistencia!, tomé la valiente crítica del destacado músico granmense Dayron Fonseca —presidente de la Asociación Hermanos Saíz en esa provincia—, a partir de un fenómeno que hemos denunciado con frecuencia desde las páginas de JR: los videoclips (a veces realizados con excelencia y otras no tanto) que le dan protagonismo a lo peor de la música; esos que señorean en todo tipo de instituciones, y los centros culturales de ARTex y de la Egrem no han sido la excepción, al menos en algunas de mis experiencias.

Puedo dar fe, al menos en la capital, de la meritoria labor que desempeñan, en favor de lo más auténtico de la música del patio, en El Sauce, el Centro Cultural Bertolt Brecht, el patio Areíto…, que han sido ejemplares. Es genial que Dayron y su grupo puedan actuar en Mi Tumbao. Ojalá y se contagiaran otros con esa experiencia.

También sé que hoy son más los géneros y los grupos de primera calidad que actúan en esas instituciones, aunque queda todavía mucho por hacer al respecto. Igual tengo conocimiento de las giras nacionales de artistas muy reconocidos por estos sitios, claro, en territorios donde ARTex y la Egrem se han anclado.

Sin embargo, el quid de la cuestión radica en lo que casi siempre sucede antes y/o después de las presentaciones en vivo: un bombardeo sin miramientos de seudocultura, y entre ella puntean el reguetón más criticable y sus «superestrellas». No nos engañemos. El gusto y la apreciación estética del público se han deformado tanto que, en no pocas ocasiones, sale ganando aquello que deberíamos desterrar, no aupar.

Por ello es tan determinante la preparación, la sensibilidad, la claridad de conceptos, la conciencia de quienes determinan la programación de los espacios culturales, porque tendrán que moverse todo el tiempo en una cuerda floja. Por eso también es esencial el control (por sorpresa) para comprobar si las misiones encomendadas se están cumpliendo cabalmente, porque ya sabemos cómo bajan y, sobre todo, cómo se acatan ciertas indicaciones.

Sin dudas, un importante paso de avance se ha dado cuando ARTex y la Egrem se empeñan en facilitar un consumo de lo más sobresaliente del panorama musical cubano. Pero, ¿hasta qué punto se está siendo coherente cuando, a la vez, se deja entrar en ciertos escenarios, con tanta fuerza, lo que tanto nos perjudica? Nada bien haríamos si primaran esos conceptos por encima de la calidad. Continuar meditando juntos es saludable para todos.

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