Recordando al mago de las teclas

Por Miraima Cristina García Lacerra

El 11 de septiembre, es una fecha llena de trágicas connotaciones que siempre acaban por dejarnos una honda impresión. Sin embargo, en nuestra misión de rescate del Danzón no podemos dejar pasar por alto esta fecha. Un 11 de septiembre de 1846, nació en Jibacoa, La Habana, quien fuera una de las más importantes figuras en la Historia del Danzón: Antonio María Romeu. A este pianista y compositor dedicamos este breve espacio.

Romeu, se inició desde temprana edad en la música debutando con solo 10 años como pianista en el Casino Especial de Aguacate en 1887. Así comenzaría una carrera que lo llevaría a trabajar como solista en múltiples escenarios entre ellos el Café La Diana, donde tocaba “debajo de la escalera”, lo que motivó la composición del danzón de mismo nombre. Con su inserción en la orquesta de Leopoldo Fernández causaría verdadera impresión pues significó la

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introducción del piano al formato conocido como charanga.

Entre 1910 y 1920, creó su orquesta, con piano, flauta, clarinete, trompeta, trombón de pistones, dos violines, chelo, bajo, timbal y güiro. Tal número de instrumentos le ganó el título de “gigante”. Sus temas fueron empleados en obras de músicos de la talla de Darius Milhaud, quien en su obra Saudades do Brasil cita a su danzón Ojos Triunfadores. Los discos grabados por Romeu fueron galardonados con el premio del Certamen Internacional de Sevilla en 1929. Por esta época además incursionó en la radio, y de sus apariciones como pianista solista en la emisora Progreso Cubano le quedó el sobrenombre de El mago de las teclas.

Antonio María Romeu, se apropió del legado de Faílde para crear no solo un sello propio sino una forma de acercarse a obras de otros géneros. Temas tan conocidos como Mercedes de Manuel Corona, Perla Marina y Guarina de Sindo Garay, Aquella boca de Eusebio Delfín, El Manisero de Moises Simons e incluso El barbero de Sevilla de Giacomo Rossini; fueron versionados y convertidos en danzones por él. He aquí, la que considero su mayor virtud, la adaptación. Es este su legado, y es quizás la clave para aquellos que no queremos dejar morir al Danzón.

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