Palabras de elogio al Dr. Eusebio Leal Spengler

A cargo del Dr. Raúl Navarro

Responsabilidades he tenido que asumir durante mi vida profesional, pero ninguna me hizo pensar dos veces para su aceptación, como esta de presentar a una personalidad cuyos valores sobrepasan en mucho mis posibilidades para hablar acerca de ella. No obstante, al hacerlo, consciente de mis propias limitaciones en los campos de las letras, pero profundamente motivado por su sensibilidad y preocupación por la arquitectura y el urbanismo patrimonial, me dejo llevar por mis intereses profesionales y he aceptado el reto y el honor que para mí significa el que se me haya elegido para este elogio. Espero ser merecedor de tal designación y que mi discurso sea capaz de resumir la estatura cívica, cultural y científica de Eusebio Leal Spengler.

Nació en La Habana, el 11 de septiembre de 1942; con una formación autodidacta, alcanza el sexto grado de la enseñanza primaria cuando a los dieciseis años se convierte en discípulo del hombre que marcará los destinos y la vocación en su vida: Emilio Roig de Leuchsenring, fundador en 1938 de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana, desde la cual desarrolló una labor de rescate y divulgación de la historia de la nación, y promovió la valoración y protección del patrimonio material y espiritual cubano, especialmente habanero, empeño que, después de su fallecimiento, continuaría y crecería, a través de la ingente labor desplegada por su eminente alumno.

Dotado de una inteligencia fuera de lo común y de una prodigiosa memoria, el joven Leal, aún sin poseer un título oficial que le acreditara un mayor nivel cultural, supera los correspondientes exámenes de suficiencia e ingresa en 1974 al más alto centro docente de enseñanza superior del país, la benemérita Universidad de La Habana, de donde egresa en 1979 como Licenciado en Historia.

Treinta y tres años después Eusebio Leal se nos presenta como Doctor en Ciencias Históricas, Máster en Ciencias sobre América Latina, El Caribe y Cuba, y Especialista en Ciencias Arqueológicas.

Es autor de once libros de temáticas histórica, social y literaria; ha dictado numerosas conferencias en importantes universidades e instituciones culturales y científicas de América, Europa y Asia. Posee la condición de Doctor Honoris Causa en Arquitectura, Filosofía y Letras, Teología e Historia, concedidas por diez prestigiosas universidades cubanas y extranjeras.

Hoy la Universidad de las Artes de Cuba se distingue al otorgarle el mayor reconocimiento en su especialización.

Eusebio Leal es también miembro ilustre de Cátedras y Academias de Historia, Bellas Artes, Lengua, así como de Filosofía y Letras en dieciocho instituciones doctas, tanto nacionales como foráneas, en estas especialidades; es Profesor de Mérito e invitado de seis universidades latinoamericanas y de la Soka, Gakai de Japón; es miembro de dieciséis prestigiosas instituciones responsabilizadas con los aspectos culturales, humanísticos y científicos; es Asesor de la Unión de Ciudades Capitales Iberoamericanas (UCCI) y del Consejo de la Asociación Latinoamericana de los Derechos Humanos (ALDHU), con sede en Quito, Ecuador.

Ha representado a Cuba en misiones oficiales y de trabajo científico-cultural en diferentes países, en más de cuarenta oportunidades; ha recibido veintidós distinciones cubanas, entre las que se destacan las del Título Honorífico de Héroe del Trabajo de la República de Cuba y la Orden Félix Varela de 1er Grado, cuarenta y cinco honras extranjeras y veintitrés de distintas ciudades.

Le han sido otorgados dieciocho premios nacionales y extranjeros, la mayor parte de ellos por sus innegables vínculos con las actividades relacionadas con el ordenamiento y la preservación de los patrimonios urbanos y arquitectónicos, así como los aportes que en este campo han brindado las experiencias obtenidas en los trabajos llevados a cabo en el Centro Histórico capitalino bajo su sabia, y pertinaz dirección.

Pero los tantos lauros acumulados en buenas lides de sapiencia y erudición, ampliamente demostrados y valederos por sí solos para dar connotación y prestigio a cualquier personalidad, no son la única causa por la que en el día de hoy el claustro del Instituto Superior de Artes ha decidido distinguir de manera honorífica a Eusebio Leal Spengler. Además, y fundamentalmente, por sus resultados obtenidos en el caudillaje ─sí, caudillo de la conservación y la restauración urbano-arquitectónica─ de los trabajos conducentes a la recuperación del Centro Histórico de La Habana; por la pasión y el amor puesto en tal empeño, con lo cual ha contagiado positivamente a los equipos de trabajo que le siguen y a aquellos otros que, valorando logros y experiencias habaneras, están alcanzando beneficios similares en otras capitales de provincias. Son estos últimos, ejemplos que evidencian la expansión de las ideas y los métodos de trabajo que, al adaptarse a las condiciones propias de cada región, revelan la concientización adquirida nacionalmente en aras de la preservación del patrimonio nacional; la mayor causal de este fenómeno se encuentra en el despliegue de las positivas acciones desarrolladas en la añeja capital intramural de la Llave del Nuevo Mundo. Y me permito parodiar las propias palabras de Leal al prologar una importante obra de Tamara Blanes para decir que ellas son una panorámica, magistralmente trazada, de una historia que sigue construyéndose.

La restauración de cualquier obra patrimonial tangible lleva consigo un profundo análisis científico del estudio de los materiales que constituyen su estructura corpórea; de la manera en que fue realizado, es decir, las técnicas empleadas en su elaboración y la evolución que han seguido en el tiempo; implica la elucidación del diseño y las causas que lo motivaron, así como de los cambios temporalmente producidos. Cuando estos aspectos son vinculados con los elementos constitutivos de la ciudad, o sea, de la arquitectura y el urbanismo de la época, entra, además, a formar parte de esos estudios, la necesaria interrelación de los factores sociales, económicos y ambientales, construidos y naturales, en un pensar global y un accionar local.

La Habana Vieja constituye un conjunto unitario en el que se contemplan los aspectos históricos, urbano-arquitectónicos y socio-ambientales, en general. Esto ha obligado a su estudio, análisis y proyección como un solo organismo, para no romper la indisoluble vinculación que desde esos puntos de vista mantiene con La Habana. Como toda obra humana perfectible, las acciones se han materializado felizmente en innumerables obras sociales, culturales y económicas que han permitido, sobre todo estas últimas y a partir del Decreto Ley Nº 143 de 1993 del Consejo de Estado, la autogestión y, por tanto, la reinversión de ingresos monetarios en el afán restaurativo de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. Es este el mayor ejemplo de proyecto sostenible y autosustentable a seguir en nuestro país, con las correspondientes adecuaciones, pero que infortunadamente no ha sido aplicado aún a otros municipios de la capital y del resto de las provincias.

Es de significar que las acciones llevadas a cabo en el proceso de restauración del Centro Histórico, bajo la inteligente regencia de Eusebio Leal y el perspicaz y efectivo trabajo de los profesionales que lo apoyan, han hecho palpable, bajo la consigna de una rehabilitación urbana integral, el proceso de mantener una ciudad viva; no una vitrina de lo que fue.

Quizás en una evaluación desprejuiciada de esas obras encontremos la respuesta a cómo armonizar tradición y cambio a partir de la necesaria asimilación de la contemporaneidad, sin que por ello se pierda la valoración de lo nacional y lo local en el hacer arquitectónico y urbanístico del país.

La primera obra enfrentada por la Oficina bajo la dirección de Eusebio Leal, fue el Palacio de los Capitanes Generales para fundar el Museo de la Ciudad. Pero no es hasta 1981 cuando cuenta con un presupuesto destinado a enfrentar como inversionista un Plan de Restauración del Centro Histórico. Plan llevado a cabo por el entonces Departamento de Arquitectura y que estaría encargado, en lo fundamental, de enfrentar el estado ruinoso de importantes edificios patrimoniales en cuyos interiores se había instalado viviendas seriamente afectadas por razones de índoles naturales, patológico-constructivas, inadecuadas adaptaciones, etc. Esto conllevó a erigir otras nuevas para trasladar a sus convivientes y recuperar el inmueble en cuestión.

En diciembre de 1982, al ser declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO el Centro Histórico de Ciudad de La Habana, se incluyeron además, en el concepto de área protegida ─la colonial Alameda de Extramuros o de Isabel II, iniciada en 1772─, las dos aceras del hoy Paseo del Prado, y las totalmente restauradas y en la actualidad obsoletas fortificaciones militares que en su momento protegieron la entrada al lago hondable ó seno de mar, al decir del Fraile Juan Antonio de Espinosa en 1622. Estos sitios, al acoger nuevas funciones culturales, expositivas, turísticas y de expansión social, siguen integrando una parte indeclinable de esta ciudad, que en un momento de su larga, bella y gloriosa historia, estuvo al borde de su extinción por la conjunción de intereses financieros, foráneos y nacionales, no siempre comprometidos con lo correcto y legal.

A partir de 1967 se inició la gradual recuperación de La Habana Vieja, y hoy, gracias a los trabajos desarrollados en su revitalización integral, la obra del Centro Histórico es un modelo representativo en el mundo, cuyo proceso de restauración constituye, al menos en lo nacional, la pauta de mayor validez de lo que deben ser los proyectos urbanos del futuro.

En estos cuarenta y cinco años de trabajo ininterrumpido, a pesar de “períodos especiales”; de ausencias de mano de obra calificada, a la cual ha sido necesario ir accediendo a partir de la creación de las Escuelas Talleres para jóvenes formados también cívicamente; a pesar de la no siempre existente óptima calidad de los materiales; de la inexperiencia inicial al enfrentar tan magna obra; de la particularidad que presenta cada acción emprendida para su adaptación a las nuevas funciones requeridas; a pesar de las incomprensiones, de los criterios opuestos o discrepantes que en ocasiones frenan acciones urgentes a desarrollar; la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana presenta hoy, gracias a la sabia conducción de su magno representante y a la dedicada, paciente y valiosa labor profesional de los equipos de trabajo que lo acompañan, una obra que sobrepasa los límites nacionales para ser inscrita con altos reconocimientos en el Patrimonio Mundial.

Entre los proyectos que se debe destacar como más significativos, cuentan: el rescate y la re funcionalización del ya mencionado Palacio de los Capitanes Generales como Museo de la Ciudad, el conjunto de las Casas Museos del Centro Histórico (México, África, Asia, Casa de La Obra Pía, Casa Simón Bolívar, Carmen Montilla, Casa de los Árabes, Casa de la Plata, entre otras).

Entre las obras de carácter social y cultural sobresalen el Convento Belén, la Escuela de Ballet Lizt Alfonso, la Biblioteca Pública Rubén Martínez Villena, el Planetario Astronómico, el Hogar Materno, el Convento de San Francisco, la Iglesia de Paula y el Oratorio San Felipe Neri, estos últimos devenidos salas de concierto. Desde el punto de vista urbanístico vale mencionar La Plaza Vieja y edificaciones, como el Palacio del Conde de Lombillo, el de Conde Cañongo, o el Santo Ángel.

Entre las edificaciones de carácter religioso no pueden dejar de mencionarse el Convento de Santa Brígida y las Iglesias Ortodoxa Griega y Ortodoxa Rusa. Es de destacar de igual manera el conjunto habitacional hotelero, que aporta gran parte de los ingresos con los cuales se sufragan las inversiones de la Oficina. Me refiero a los hoteles Saratoga, Telégrafo, San Felipe y Santiago, el Hostal de Tejadillo, Armadores de Santander, Santa Isabel y Ambos Mundos, así como el edificio de la Lonja del Comercio, entre otros muchos.

Por todo ello, y porque ha llevado y lleva con dedicación e infinita paciencia la obra colosal que significa la restauración del admirable conjunto monumental del Centro Histórico de La Habana, y por salvar esta parte vital de la identidad cultural del pueblo cubano, hoy de toda la humanidad, el Instituto Superior de Arte se honra y complace al otorgarle el lauro que hoy usted recibe, un pergamino que, a modo de dalmática investidura y de mitra honorífica de defensor de nuestro ser nacional, no cumple más que con el sentir, el hacerse eco del reconocimiento de todo un pueblo y de una generación que ve en usted a un heraldo defensor y guía del fomento, la preservación y la conservación de nuestra cultura en general y de la urbano-arquitectónica en particular; de un promotor de acciones que nos abren a una comprensión más amplia, profunda y desprejuiciada de lo real maravilloso cubano, de esa identificación tan necesaria como imprescindible para interiorizar nuestros valores, esos que internamente nos hermanan en lo isleño y, a su vez, nos enlazan a la Patria Grande que soñaron nuestros próceres, a la reafirmación de nuestro ser latinoamericano y caribeño.

Muchas gracias.

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