Los jóvenes en el cine: del (buen) decir y otras obsesiones

Fotograma del largometraje Larga distancia

Esteban Insausti • La Habana, tomado de la Jiribilla

Fotos: Cortesía del ICAIC

Pertenezco a una generación ventana, a una promoción de cineastas cubanos que abrió las puertas a muchos otros jóvenes que vinieron detrás. A partir de nuestra obra, vinculada o no a la institución, surgió la Muestra de Jóvenes Realizadores, un espacio ―prefiero llamarle así, antes que definirlo como un “festival”― para privilegiar el talento, con la misión de rejuvenecer la nómina del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) por una razón lógica: los directores que trabajaban en torno a una institución de 50 años, tenían una edad promedio de 70.

Sin embargo, en un país que no tiene una ley que proteja al cine ―aunque sea subvencionado―, un joven se enfrentaba a una cámara y a la realidad de la calle de manera improvisada, con todos los riesgos que implica: el desconocimiento de lo que se llama un “permiso de cine”, el desconocimiento de los derechos y de las posibles vías de distribución; pero siempre abrazamos la búsqueda de un decir diferente, de un lenguaje que se asome a nuestra realidad desde perspectivas renovadoras. Y eso es,

justamente, esta generación: la mía y la que engloba a los más jóvenes cineastas de hoy. Más allá de los oportunismos y los reciclajes, es posible advertir en ellos un movimiento interesante: una corriente sin líder ni manifiestos ni instituciones que los respalden ―la Muestra dura apenas una semana y no repercute en la carrera de un realizador más que como un paso hacia adentro de la industria cubana.

Mi primer documental, Las manos y el ángel, fue también un resultado de los riesgos. Filmé con siete cámaras diferentes y el lenguaje con que hilvané el discurso, no era más que una manera de disfrazar el defecto de la realización misma; pero eso no frena a un cineasta que empieza. Su obsesión es expresarse y no conoce otra vía, a cambio de nada. Hablamos de un panorama hermoso pero desolador, donde el joven se curte lidiando en esas aguas. Y en Cuba, los primeros pasos de un cineasta tienen un sabor particular. Las relaciones económicas lo definen todo en una sociedad, y esos muchachos que hacen un documental pasan vicisitudes impensables solo por las ganas de hacer, de decir. Vienen de la música, del diseño gráfico, de la arquitectura, del periodismo, con miles de ideas dándoles vuelta en las mentes y en las gargantas.

Hablamos de un movimiento atendible desde muchos puntos de vista. Por ejemplo, desde Sara Gómez no se veía en el cine cubano una impronta tan fuerte de la mujer, con miradas no solo a la realidad cubana contemporánea, sino también centradas en los lenguajes. Las nuevas generaciones se están preocupando por el “qué” contar y por el “cómo”: una deuda con Sara, con Nicolás Guillén Landrián, con el propio Titón, con la escuela cubana del decir con una morfología, con un discurso cinematográfico propio.  

Entre la nueva generación de cineastas en Cuba, se puede percibir una suerte de itinerario estético en relación con sus precedentes de todas partes del mundo. La promoción que sirvió de puerta a la actual, por ejemplo, es heredera de la Nueva Ola y del Neorrealismo, tanto como de Memorias del subdesarrollo o de Lucía. Para eso son las vanguardias: para enseñarnos a transgredir, a revisitar, a descomponer, a rehacer.

Con la tradición a cuestas y con perspectivas propias, las temáticas en el cine cubano hecho por jóvenes conforman un abanico amplio. Como ocurrió en la década de los años 70 en el teatro cubano “de la marginalidad” y, luego, con el cine “social”, prima hoy entre los jóvenes realizadores una mirada hacia “el otro” más desprotegido dentro de la sociedad: fenómenos raciales, conflictos de género, segregación, accesibilidad a determinados bienes, etcétera, son abordados desde una sensibilidad que convierte a esos sujetos en nuevos íconos, en puntos de referencia a los que la sociedad tiene que mirar. Es una apuesta valiente e importante, pues el cine es el documento visual que sirve de testimonio a una época.

A grandes rasgos, así puede describirse el panorama en relación con el “qué”. Las nuevas tecnologías han propiciado, en gran medida, ese despegue temático. Cualquier joven puede filmar un cortometraje con un celular y editarlo en su casa. Hace unos años, era un fenómeno impensable. No obstante, en relación con el “cómo” contar historias, la situación es más compleja. La vanguardia siempre tiene nombres y apellidos, nunca será una masa de 500 jóvenes. De cada Muestra, dos o tres trabajos son verdaderamente atendibles. Esa cifra ya constituye un éxito en un país con 11 millones de habitantes, bloqueada, con una economía que lo reduce todo a la dificultad.

Nunca he creído en los bajos presupuestos como justificación de un material con deficiencias dramáticas. Justamente, es ahí donde se define a un artista; pero esas obsesiones con decir las cosas de formas diferentes no es general: el experimento per se no es un valor, es jugar a ser contemporáneos sin cuidar la comunicación. A diferencia del “pastiche digital”, el arte cinematográfico requiere una formación para que sea verdadero.

Ninguna escuela le va a aportar a un realizador el talento que no tiene. Estudiar cine es una posibilidad para las elites, en cualquier lugar del mundo. El hecho de que en Cuba esté al alcance del talento, provenga de donde provenga, es una suerte innegable. El tiempo ha nutrido a los jóvenes de posibilidades que otras generaciones nunca conocieron. Hasta hace menos de una década, para ver buen cine había que acudir religiosamente a la Cinemateca o al espacio de televisión Toma 1. Hoy, cualquiera intercambia memorias flash o discos cargados de películas de todas partes del mundo. No obstante, esas capacidades no definen a un cineasta en el mundo contemporáneo: esta profesión requiere una competencia cultural que contenga lenguajes de las artes plásticas, del teatro, de la música y de la literatura, que solo se alcanza con incorporarlas a la vida misma.  

Todo el que tiene sensibilidad cinematográfica, no se convierte en cineasta; como nación, el desafío pasa por darnos cuenta de hacia dónde podemos orientar el arte contemporáneo cubano, más allá de cifras y nóminas. Tenemos que encontrar sistemas de producción realmente alternativos y ponerlos a operar en función del talento; revolucionar nuestras leyes y nuestras concepciones. La sala de cine está en crisis en todo el mundo; pero tenemos una ventaja: la carencia de opciones de recreación suele orientar los rumbos de los cubanos hacia el cine. Aun cuando se exhiban en ellas DVD y no películas en 35 mm, el encanto de la sala oscura sigue cautivándonos. El cine cubano todo, el de los más jóvenes y el que le precede, tiene en esa fidelidad del público una fortaleza. Convertir las salas en sitios para conciertos, aun cuando pueda tener un cometido loable, demerita el rol cultural y social del cine como manifestación del arte.  


Fotograma del largometraje Larga distancia

Existe el criterio de que casi todo el cine cubano de los últimos años se parece y ese hecho no tiene nada que deberles a los presupuestos económicos. Tiene que ver con presupuestos estéticos que los jóvenes están asumiendo de una forma más creativa. Cuando mi generación irrumpió en el ICAIC, el paradigma era el cine que se había hecho desde esa institución, más que la institución en sí misma. Fuimos convocados con una idea: “es importante que el ICAIC tiemble, otra vez”. Y tembló.

La Muestra ha sido el proyecto más hermoso y sabio que ha tenido cabida allí en la última década. Le permitió hacer cine a una generación que ni soñaba con eso. Caminábamos por los pasillos, orgullosos de estar pisando el suelo donde también anduvo Titón; pero los que vinieron después, lo hicieron desde un contexto económico, social y cultural muy diferente: los hijos del período especial no sueñan con pisar el suelo de nadie, sueñan con construir su propio piso. Quienes no estén atentos a eso, lo perderán todo, incluyendo el propio cine.

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