Una obra necesaria

Por Rubén Rodríguez González

Y el nombre de la estrella es ajenjo. Y la tercera parte de las aguas se convirtió en ajenjo; y muchos hombres murieron a causa de esas aguas, porque se hicieron amargas…

Apocalipsis 8,11

Egresado del ISA, la Universidad de las Artes, becario de arte dramático en Londres, candidato a dirigir uno de los espectáculos de la próxima Olimpiada, actor y guionista de televisión… Esa pudiera ser la carta de presentación de Yunior García, promisorio joven dramaturgo.

Le conocimos por una tetralogía de exitosas comedias llevadas a escena con el grupo Trébol Teatro: Malos presagios, Baile sin máscaras, Todos los hombres son iguales y Cierra la boca, que colmaron espacios escénicos de la ciudad y cuya compilación impresa

por Ediciones La Luz, de la AHS, se agotó rápidamente en las librerías.

La incipiente estética de García apuntaba hacia la intertextualidad, lo espectacular, el humor y la música a partes iguales, una gestualidad peculiar y el rescate del texto teatral. Cuatro hojas sumaba su trébol, simbólico ideal de perfección.

Sin embargo, el estreno de Sangre, con influencia de la dramaturgia alemana y francesa actuales, torció el derrotero. La sutil crítica social al estilo del látigo de cascabeles propuesto en la definición martiana, se vistió de drama y trocó su máscara.

Esta pieza abrió el camino a un decálogo de obras, referidas a bíblicas y simbólicas “plagas”, que continúa con Asco y sigue con el estreno, a finales de marzo, de Semen. En Asco, el cuestionamiento ético y la responsabilidad social del artista dan cuerpo a una historia, donde asoma la preocupación del intelectual comprometido con su tiempo y su generación.

La violencia signa la historia y su representación: con el padre ausente, un descuido de la madre adúltera provoca que los hijos pequeños se ahoguen… Así podría describirse el argumento, pero nada es tan simple. Seres agónicos, crispados, desencantados, deprimidos, asqueados… desfilan por la sala Alberto Dávalos en la reciente reposición de Trébol, con dirección artística de Yasser Velázquez y elenco renovado.

Actores y director enfrentan con dignidad el reto; el resultado es satisfactorio y la reacción del público, favorable. No obstante, aunque los intérpretes asumen con fuerza las claves de sus momentos cruciales, deben buscar alternancia entre los tonos crispados y otros menos tensos.

Orgánico y seguro se muestra Pedro Pablo Moreno Hung (tanatólogo) en un personaje que exige fuerza en la caracterización y hábiles transiciones dramáticas. Airoso sale Carlos Enrique Carret alternando roles opuestos física y psicológicamente, aunque considero innecesario el exceso fisiológico en una escena catártica.

También Venecia Feria (Nara) incorpora con veracidad su culposo protagónico; es creíble su desgarramiento, que muestra su crecimiento como intérprete, aunque extrañé matices en su personaje. Otro tanto sucede con Alejandro Álvarez (Mario), quien nos entrega a un hombre atormentado por la duda, debatido entre el deber y los sentimientos, creíble en conjunto pero necesitado de justificar psicológicamente su complejo rol, cuya madurez se extraña. La esencia cuestionadora de ambos roles, seres esencialmente trágicos, amerita una composición más profunda.

Por su parte, Yamilet Pérez (Carmen) se crece asumiendo a una mujer madura y desencantada, otra ficha en el juego de dobleces sociales que la pieza critica. Es válida la evolución dramática de su personaje, aunque podría enfatizar por igual en el trabajo de voz y sus transiciones. Por último, la debutante Iliana Sánchez (prostituta) precisa una caracterización más verosímil desde lo vocal y el movimiento escénico, renunciar a los estereotipos y lugares comunes para que su rol adquiera total validez dentro de la pieza.

Entre los valores de la puesta en escena, destacan el trabajo de luces, la precisión del texto, la parca escenografía y el empleo del audiovisual como apoyatura, en una simbiosis contemporánea de lenguajes, códigos y discursos. Sin embargo, deberían reconsiderar acciones y desplazamientos pues, en ocasiones se percibe inseguridad en la apropiación del espacio escénico.

En resumen, se trata de una obra necesaria y otra señal de vitalidad del casi extinto teatro dramático holguinero. Pidamos salud para la escena local; conceder deseos es una de las virtudes mágicas del Trébol.

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