Pellón en la memoria

Autor: Manuel López Oliva

Al profesor Pellón lo conocí durante mis años de estudio en la Escuela Nacional de Arte de los sesentas. Como yo llegué a ese centro a prepararme en artes plásticas, siendo ya graduado del nivel medio superior, no tenía que cursar el Pre especial de arte que se impartía en la ENA. Tuve que asumir entonces, más bien,la función de Profesor de Historia –de eso que hoy llamarían “emergente” o improvisado- de la Secundaria Básica que reunía a estudiantes de todas las especialidades de aquel lugar casi “bucólico” de enseñanza poli-artística. De ahí que no fuera alumno de Pellón, aunque con frecuencia asistía a sus clases, atraído por la fama que él tenía entre mis compañeros de plástica y los alumnos de teatro, quienes lo consideraban informado, novedoso y polemista.

Las clases de Pellón no eran clases en el sentido convencional del término. Eran algo así como reuniones en los foros griegos y romanos antiguos, sesiones de reflexión colectiva, puestas en solfa de las “verdades” filosóficas establecidas. Pellón desataba en clases el “pandemónium” conceptual, invitaba a pensar sobre lo real y lo posible, e igualmente mostraba distintas posibilidades de ver e interpretar una noción de la conciencia habitual y del saber filosófico.

Para quien -como era mi caso- había llegado a esa Escuela cargado de lecturas filosóficas de adolescencia y juventud (desde algunos textos de Marx y Engels o Lenin, hasta libros de Gramcsi y de Garaudy o los insólitois manuales de Nikitín y de la Academia de Ciencias de la URSS, etc) el encuentro con la provocación docente de Pellón constituyo una suerte de deslumbramiento y a la vez un importante apoyo para desplegar el necesario cuestionamiento de esquemas paralizantes y metódicas absurdas que convertían al marxismo en una tendencia escolástica, inerte ,inculta y casi neo-metafísica. Fue el mismísimo Pellón quien me prestó -como invitación a su descubrimiento- el primer libro que leí de un filósofo que constituyó uno de los detonantes del pensar para aquella “década prodigiosa”: el estructuralista francés Louis Althusser. Meses después la peculiar revista cubana RC lo revelaría a muchos en su número dedicado al Estructuralismo.

Entre Pellón y yo solía haber diálogos fecundos sobre filosofía, incluso sobre el pensamiento latinoamericano de Aníbal Ponce y el italiano de Antonio Labriola o Benedetto Croce, y así mismo acerca de estética e historia de la cultura. Pero igualmente Pellón seguía y me comentaba los textos críticos sobre arte que yo había empezado a publicar -desde 1967-68- en el El Caimán Barbudo, Juventud Rebelde y Granma. Por las noches, no pocas veces nos reencontrábamos de nuevo en debates sobre temas artísticos y estéticos ( la música electroacústica, Xenaquis, los happenings y los environments plásticos, la renovación danzaría, la llamada “cultura de la pobreza”, el Teatro del Absurdo y los mitos de la Sociedad de consumo…) que protagonizábamos juntos alumnos y profesores de la Escuela Nacional de Arte,tanto en el Aula Magna (que era entonces también comedor) como sentados en el amplio césped delantero de la recién construida Escuela de Artes Plásticas del arquitecto Porro. Allí la voz convencida y precisa de Pellón “descascaraba” los supuestos políticos y gnoseológicos, permitiéndonos profundizar en términos de ideas y evidencias.

Más adelante, cuando con algún tiempo de graduado retorné a impartir clases a la escuela de plástica de la ENA, volví a la conversación con el maestro Pellón. Ya los asuntos del diálogo eran otros, aunque equivalentes como problemáticas filosóficas y sociológicas. Y la realidad era otra también: el contexto se había institucionalizado y la utopía había perdido su vigor de los años 60s. Pero Pellón seguía idéntico: apasionado, polémico, con ese espíritu de duda que Marx recomendaba a su hija, siempre conociendo lo nuevo en el pensamiento, deseoso de entender todo el arte, amable, culto y sin otro interés que no fuera el del saber alumbrador y el de soñar el mejoramiento humano.

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