De cómo una galería se convierte en ático y viceversa

Autor: Arlén Llanio

Se inaugura Ático, en la galería Luz y Oficio el próximo martes a las 5:00 pm

Como no debería hacerse, previo a este texto me reuní con los artistas. Y con el no debería hacerse para nada excluyo la posibilidad de diálogo con el creador; de hecho, es crucial, se aprende mucho. Lo que está mal es que se convierta en tu traductor, en un guía de por donde va la cosa para que relajes tensiones y disfrutes la obra. Tampoco la intención fue socializar, vernos las caras, hacernos amigos y después presumir de ello para vivir el pedazo del Dios Artista que baja y se hace mi socio, mi yunta fuerte, me legitima ante el mundillo y soy feliz.

Igual, el dato de la reunión pudiera ser omitido pero la lluvia de ideas que de allí surgió se me convirtió en tormenta frente a la disyuntiva del ¿qué aporto? si casi todo lo dijeron: lo que simboliza un ático, lo que potencia y limita que todos sean objetos, la disposición en el espacio galerístico y algún que otro detalle suelto. De manera que solo me queda ser parte escribana (llevar al papel lo dictado) parte escritora (mover el intelecto).

Cabe por tanto, como primer acto de justicia citar el texto de presentación del proyecto cuando Carlos define con claridad que: desde lo paradójico que puede ser el acercamiento a la palabra objeto, en término de definir una propuesta expositiva, se convoca un encuentro de narraciones que marcan la diferencia desde la individualidad. La experiencia de lo personal como recurso, refleja enfoques que responden a códigos culturales o situaciones que definen un contexto x. La idea aglutina un grupo de artistas con un propósito común: comunicar desde el lenguaje objetual, proyectando la tridimensionalidad como interés discursivo.

Esta cita, que cristaliza la intensión de la muestra, habla por sí sola de la facultad de muchos creadores para sintetizar sus propósitos sin floreos ni ligereza. El texto, la reunión y los statements de cada pieza se convirtieron en pie forzado de una preocupación latente que asomó en la cúpula: había que desechar el aura tautológica sobre el objeto. Y me acordé de parafrasear la respuesta de Joseph Kosuth cuando le preguntaron si una obra como la suya era visual y confesó no poder distinguir entre visual y conceptual, pues el conocimiento de los elementos de una obra se adquiere visualmente.

De cara al espacio del arte, ya más que viciado por la ambigüedad duchampiana, estos muchachos no pretenden militar desde la expresividad objetual, no son un fenómeno emergente, no es lo que se está haciendo en el ISA, ni la vuelta al oficio y mucho menos reminiscencia del objeto esculturado. Como Kosuth, se despojan de definiciones; actitud que canaliza la resistencia de buena parte del arte joven cubano a ser condicionados por la manifestación elegida. Es un tipo de claridad de que los medios son herramientas expresivas regulables. Y que cada uno posee una serie de códigos morfológicos inherentes que hacen posible la expresión de una u otra idea si se sabe emplear con precisión.

De ahí que la tridimensionalidad que define a Ático es solo un pretexto para las búsquedas existenciales que manan del conjunto de piezas. Con solo un primer vistazo a las mismas se aprecia que estos creadores no se focalizan en la desfuncionalización. En general, no les interesa subvertir el indiscutible destino de un objeto para con el mundo real. La forma cobra realmente vida, contrario a la afiliación de Matthew Barney. Lo paradójico entonces no es el acercamiento a la palabra sino la ambigüedad del objeto artístico en tanto su amplitud conceptual en la medida en que las variaciones de este van desde el ready made duchampiano, pasando por la escultura social de Beuys hasta el carácter corporal de los sonidos espaciales de John Cage. Y he aquí el punto de porqué los artistas de Ático no querían redundar sobre la objetualidad de sus propuestas, pues si bien muchos de ellos ya han manifestado de forma individual la propensión hacia la corporeidad escultórica con anterioridad, este texto no podía convertirse en proclama de un hacer objetual que opaque la preocupaciones socio-culturales, antropológicas y las inquietudes espirituales tan caras a la producción cubana contemporánea que encuentra en la vivencialidad un campo fértil para la creación.

Ya una segunda ojeada devela lo que realmente desean y por eso se sienten tan cómodos bajo el título de Ático justamente porque es un espacio de almacenamiento, donde las cosas permanecen en un estado intermedio entre el olvido y el recuerdo; donde realmente nada tiene que ver con nada pero se unen por el no uso, por cierta funcionalidad desplazada porque por el momento no han de ser necesitadas. Una melancólica condición las sitúa entre el empleo y el desecho.

Un ático guarda cosas, para llegar, hay que superar la materialidad física de una escalera; ahora que estamos en él, inevitablemente, somos un objeto más.

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